Agosto puede ser un buen mes para comenzar un nuevo ciclo, el que comienzo hoy en LaProvincia.es. Me incorporo al equipo web de un diario con casi 100 años de historia, y aunque no es la primera vez que paso por la redacción de este periódico -porque ya colaboré con ellos durante mis años de universidad- el proyecto al que me incorporo es tan ilusionante que me siento como si realmente fuera totalmente nuevo.
Me incorporo a la redacción como redactora y community manager (o responsable de comunidades online), lo que para mí supone reunir en un puesto los conocimientos adquiridos académicamente – e incluso retomar mi “yo marketiniano” que tenía semiabandonado durante los últimos años-, además de todo lo aprendido con la experiencia.
Y si el proyecto es ilusionante, el equipo de trabajo y las personas con las que trabajaré lo hacen aún más grande si cabe, algunos de ellos a los que tengo que agradecer, en primer lugar, el respaldo que supone para mí la confianza que han depositado en mí para este puesto.
Tras el período de adaptación y de planificación que todo comienzo conlleva, espero empezar el curso con la felicidad que me aporta estar en un puesto que requiere de mí grandes dosis de creatividad (que espero poder dar), y con la satisfacción que supone el realizar un trabajo del que creo que voy a aprender constamente.
Nota: Hoy me gustaría también agradecer a aquellos que me han ayudado a que este nuevo ciclo en LaProvincia.es haya sido posible, como a Antonio Cartier que en su momento me animó a participar de las conversaciones globales y luego fue mi mejor mentor, o a mis compañeros de Canariasaldia.com por darme la oportunidad de aprender con ellos y poner en práctica ideas que me servirán en mi futuro profesional.
Un partido de fútbol que ha sobrepasado todos los récords, un partido que vieron sólo en España veinte millones de personas y que dejó las ciudades vacías, un partido que se ha convertido en el mayor evento comentado en Twitter, del que se habló en 25 idiomas, desde 172 países diferentes, un partido y una victoria que sacó en Madrid, una ciudad de 4 millones de personas, a más de 2.000.000 a la calle, un partido que consiguió sonrisas, carcajadas, abrazos, felicidad. Pero ¿puede un trofeo -aunque sea la Copa del Mundo- hacer feliz a miles de personas?
La felicidad es un estado de ánimo, la persona que se encuentra feliz, siente satisfacción y tranquilidad interior, es capaz de ver el mundo de forma positiva y se ve capaz de realizar de forma correcta todas las tareas que se proponga. El culpable de la felicidad no es, sin embargo, un hecho externo, sino la endorfina, una hormona encargada de eliminar o mitigar el dolor.
A menudo se relacionan los efectos de la endorfina con el placer y el dolor, porque se ha comprobado que el cuerpo – el humano y el de muchos animales- genera esta hormona frente a ataques de depredadores o ante accidentes mortales para aliviar el sufrimiento antes de morir. La endorfina puede tener en estos instantes el mismo efecto analgésico que el opio.
Por esta razón, esta sustancia bioquímica actúa como un euforizante natural y es considerada la droga de la felicidad, producida y elaborada por el propio cuerpo y por ello sin efectos secundarios ni perjudiciales para la salud.
Y si la felicidad la provocan las endorfinas, ¿por qué la relacionamos con hechos externos? Porque existen ciertas acciones que favorecen el aumento de las endorfinas en nuestro cuerpo: el disfrutar de las comidas, la música, los recuerdos felices -el cuerpo revive la sensación y genera nuevas endorfinas-, el deporte y el contacto físico con otros -las caricias y el orgasmo aumentan deliberadamente el número de endorfinas, para que el cuerpo pueda superar el desgaste por el ejercicio físico-, la risa, los hobbies -el placer de algo que nos gusta eleva las endorfinas-, y los aromas agradables.
Incentivar los cinco sentidos a través de experiencias agradables es una fuente constante de felicidad, no en vano, los masajes relajantes son mejores en ambientes con música y aromas que pueden aumentar las endorfinas.
Un analgésico nacional
La victoria de España provoca, según los expertos, un aumento del PIB del 0,7% debido a que incentiva el consumo, y la felicidad de los ciudadanos mejora la productividad laboral. El opio del pueblo, esa cortina de humo que hace creer que todo va bien y precisamente por transmitir esa sensación consigue mejorar la verdadera situación económica.
Sin embargo, a los expertos se les pasas por alto un dato importante. Las endorfinas tienen una vida muy corta, ya que determinadas enzimas que produce el organismo las eliminan. Es un mecanismo de defensa natural del cuerpo para restablecer el equilibrio y evitar así que la euforia oculte señales de alarma o dolores que surgen con el único objetivo de avisar sobre las complicaciones que se acercan.
Para poder mantener a largo plazo el nivel de endorfinas que deja una victoria del equipo nacional, necesitaríamos incentivar el aumento prolongado de las mismas a través del deporte, los hobbies, la comida, las caricias, la risa, la música o los aromas agradables ¿cuántas de esas cosas pueden hacerse cuando no se tiene empleo o cuando cuesta llegar a final de mes?
Ayer un equipo español hizo historia, ayer millones de españoles celebraron al unísono (o casi) un gol de Andrés Iniesta en el minuto 116 de un partido que parecía no acabar nunca, ayer, un escuadrón recorrió las calles vacías de España durante los momentos del partido para fotografiar el país fantasma de la mano de una iniciativa preciosa de Kurioso (#spainfantasma) que nos invitaba a mostrar la otra cara de la final del Mundial de Sudáfrica 2010.
Con ese objetivo y cámara en mano, exactamente a las 19.25 (hora insular canaria) recorría en una guagua la Avenida Marítima de la capital grancanaria, y me asustaba: faltaban tan sólo cinco minutos para que empezara el partido y las calles estaban llenas de coches, y el transporte público que me llevaba estaba a reventar.
En Santa Catalina, el panorama cambió. A la 19.30 horas, ni un minuto antes, la ciudad se sumió en el silencio sólo interrumpido por los gritos ante las oportunidades perdidas de la selección española, que llegaban hasta mí en forma de eco. Primero desde el centro comercial El Muelle, luego, desde los bares de la plaza, y después desde lo alto de varios edificios que rodean el Parque Blanco. Es curioso darse cuenta de que aunque el país creía estar viendo lo mismo, al mismo tiempo, las retransmisiones llegaban con retraso en edificios separados tan sólo por una calle.
Y en esas calles, los límites de velocidad parecían haber perdido su sentido, los semáforos su utilidad, pase, pase, está en verde o en rojo, ¿no ve que el mundo se ha parado durante las dos próximas horas? No lo veía.
Me emocionó dirigirme hacia la playa, encontrar a un señor -al que no fotografié por respeto- que aprovechaba el vacío de las calles para poder cruzar muy despacio y sentado en el suelo, el paso de peatones, porque sus piernas le impedían ponerse en pie. Y sin embargo, no acabaron ahí las sorpresas, descubrí que entre Santa Catalina y la Playa de las Canteras, el mundo vivía su propio tiempo, los niños jugaban en las calles, las madres se paraban a hablar con sus vecinas en las puertas y los comerciantes esperaban a que alguien pasar a consumir en sus locales. Era el mundo de unos niños que jugaban con un balón y soñaban, en voz alta, con un ¿te imaginas que Ghana hubiese llegado a la final? Una parte de España, de españoles, que nacieron aquí, pero que quizás no entendían por qué la posibilidad de llegar empatados al descanso estaba sacando de quicio a tantos otros españoles.
Ya en la playa, las patadas y el juego sucio de Holanda no eran capaces de atormentar la tranquilidad con la que alemanes, ingleses, suizos, noruegos, suecos, polacos, austríacos o estadounidenses -unos pocos, eso sí- disfrutaban de los últimos rayos de sol, de un atardercer en la playa, tras un día en el que los termómetros de la isla habían rondado los 40ºC, tras un día que no invitaba a fútbol sino a baño en el Atlántico y a paseo junto al mar.
El camino hacia el otro lado de la ciudad fue de lo más impresionante que he hecho, las guaguas estaban vacías, y las calles mucho más, en menos de cinco minutos el chófer y yo atravesamos Mesa y López, dejamos atrás la Playa de las Alcaravaneras, la Clínica de Santa Catalina, Presidencia del Gobierno y circulamos por una León y Castillo completamente vacía. Pasamos la mayor parte de los semáforos en verde, descansamos en la Plaza de la Feria y dos chicas que subieron, y un señor, intentaban en balde enterarse por un pequeño transitor de si se había acabado o no la primera parte.
Hasta San Telmo, vía libre, nunca pensé que esa calle pudiese alguna vez funcionar sin coches, sin personas, con los comercios cerrados y en un silencio sepulcral, pero allí en torno al parque, el espéctaculo no era menos escalofriante.
Un cosquilleo por la espalda y una sonrisa, al sentirme realmente el rey -la reina en este caso- del mundo al poder colocarme entre Venegas, Rafael Cabrera, Bravo Murillo y la salida a la Avenida Marítima, allí en medio, completamente sola, sin miedo de atropello, con seis semáforos, ahora en rojo, ahora en verde, y pensar: Ahora podríamos grabar la versión tropical de Abre los ojos.
Sentirme como Noriega en la Gran Vía, como si el mundo permaneciese a la espera en algún refugio nuclear y yo hubiese decidido correr el riesgo de quedarme allí, pasear por las calles vacías, sin niños, y darme cuenta, después de 27 años, que la ciudad está repleta de palmeras, en los parques, en las avenidas, en la playa, y darme cuenta, después de varios segundos, de lo mucho que me gustan.
Triana sobrevivía al evento con la presencia de algunas señoras que comentaban la jugada en los bancos y un señor mayor que paseaba solo y miraba sorprendido calle arriba y calle abajo, sintiéndose, probablemente como yo, parte de un momento único, que quizás no fuera el mismo que el de otros millones de españoles, pero no por ello, menos impresionante.
Luego llegaron las prisas, las carreras, la cerveza compartida con amigos al comienzo del segundo tiempo, en una lucha por poder decir que yo lo viví todo, el partido y la calle, y sobre todo la tortilla española, porque no había mejor cena para un día como el de ayer.
Grité, reí, comentamos las jugadas -lo que teniendo en cuenta que no me gusta el fútbol, tiene su mérito- pero sobre todo llegué a sentirlo, con una amiga que se llama como yo, mi siamesa, y un italiano que luchaba contento por pasarnos el testigo del mundial.
Justo cuando terminaba la primera parte de la prórroga y con el miedo metido en el cuerpo por la llegada de los penaltis, volví a escaparme, nos escapamos juntas, mi amiga y yo, a fotografiar Vegueta, a fotografiar la magia de sus calles llenas de historia, que se peleaban por contar lo que llevaban escrito en sus baldosas, quizás con el pánico de que otros hicieran una nueva historia esa noche.
Y llegó la vuelta, más carreras, una última foto, un clic, un recoger el trípode y un grito compartido, los ecos de un gol que sonaban en el silencio de la ciudad, rompiendo el aire en todas las casas y balcones de Las Palmas de Gran Canaria, y un abrazo, y las gritos, y la carrera en los últimos metros, un abrir la puerta y llegar a la televisión justo para ver la repetición del gol más importante del fútbol en nuestro país.
Y volver a saltar, y yo sin saber muy bien por qué, pero si a mí no me gusta el fútbol, pero saltaba, saltaba como todos, y me emocioné como todos, primero con las lágrimas de Iker y luego con su beso, y me alegré de haber vivido las dos caras de la final del Mundial de Sudáfrica 2010, porque ese gol será un momento que no olvidaré nunca.
Nota: Y después del partido, la ciudad se llenó de gente, pero sobre todo, de perros, sí, sí, los grandes sufridores de más de dos horas de partido fueron ellos, que esperaban extrañados el paseo nocturno, que por un día, y con razón, se estaba retrasando más de lo normal.