Apocalypto (Mel Gibson, 2006)


De la mano de un autor que se produce a sí mismo y que no teme realizar una cinta rodada en un idioma ajeno, con unos casi cincuenta minutos finales sin apenas diálogos, y que trate de contar el final de una civilización, llega una película muy valiente, muy transgresora en muchos aspectos.

Repleto de inventiva, Mel Gibson transgrede los cánones del cine épico de aventuras a través de la búsqueda de un poderío visual de factura única y de fascinante peculiaridad, en la que la propia planificación de la narración está supeditada a este alucinógeno torrente de colorido. Contemplamos a hombres manchados de blanco, a hombres pintados de azul y a una ensalada colorista puesta en bruto, sin estilismos ni contemplaciones, pues la propia dirección lleva puestas las pinturas de guerra en una película rodada con desacertada e incontrolable fiereza.

Las transgresiones que el director hace tanto en su género como en las reglas del propio cine, están al servicio de mejorar el relato y la calidad narrativa de la obra, pero aunque estas licencias maestras estén tratadas con soltura se pierden por culpa de su vacío argumental.

Cuando Apocalypto parece amenazar con embestir de frente al espectador con su apasionante envoltorio (un comienzo contenido, condensado en un contrapicado amenazador sobre Youngblood, atisbando una gran experiencia cinematográfica) muestra con irrisoria vanidad una nadería existencialista, apoyada en su planteamiento vertiginoso como conductor de la historia.

Y esa historia no es más que una infame ida y vuelta, un rapto y su escape, una captura y una huída, en la que el espectador resiste su agotadora duración recogido en el en ocasiones fallido poderío de las imágenes y sobretodo en la esperanza de que la resolución del filme aguarda para darle sentido a una portentosa exhibición de sinsentido cinematográfico.

Infame tanto como su banda sonora, obra del también infame James Horner, que insulta la inteligencia del oyente con unas lamentables notas de pedal, omnipresentes en toda la película y seguramente justificadas bajo un criterio espiritual del compositor.

El director deja cristalizar, como ya ocurriese antes en su acertada Braveheart, su propia cadena de valores y su criterio moral, transparentado en la ética de unos personajes que parecen ser la proyección misma de su autor.

Posiblemente Apocalypto cae al abismo en el momento en que esas intenciones morales se canalizan hacia unos diálogos endebles y fallidos, tal como este intento de resucitar las historias épicas tras la estela, nunca alcanzada, de Terrence Malick o incluso de los antiguos momentos de inspiración del propio Gibson.

Y cae al abismo porque Braveheart, realizada hace ya más de doce años, renovaba el discurso épico, integraba el género bélico en la propia aventura como condición necesaria y alumbraba un nuevo cine a punto del cambio de siglo. Apocalypto, bajo su filtro existencialista, no evoluciona aquel discurso sino que lo alarga. La cámara génesis, de reciente creación para la película, llora clamando una historia a la altura de su sofisticada evolución.


Maria Antonieta (Sofia Coppola, 2006)


       Maria

        La hija del gran Francis, despojada ya de esa pesada losa, de esa etiqueta difícil de llevar, de nuevo en las labores de directora y guionista. Y de nuevo contando una historia donde tiene cabida un proceso de madurez determinante, una etapa de crecimiento que adora retratar y por la que gracias a ella profesa una gran devoción por sus personajes.

            Coppola reinventa el género de las películas de época, tan maltratado por la dosis de cursilería exacerbada con la que se ha castigado a éste a lo largo del tiempo. Más cerca de Barry Lyndon, por citar un grande, que de otras películas menos profundas que abundan en su género, es de las pocas que no se pierden en la recreación de una época o en la incontrolable pasión por mostrar el vestuario de la producción, sino que mantiene un perfecto equilibrio entre la profundidad del personaje principal y el envoltorio que la rodea y que termina por configurarla.

            Mantiene su estilo, para bien o para mal, arrastrando incomprensiblemente la polémica allá donde va, en el que conviven un espíritu joven, soñador y rebelde, que a menudo fagocita el discurso global del filme, con unos personajes a menudo distantes, muy bien moldeados pero fríos en su resolución. Ese estilo que parece venir de familia, donde a veces se huele la influencia de su padre, integrada y renovada dentro de su propio discurso, fresco, renovador, que reconcilia con el buen cine y con su mirada, de sabor artesanal y de factura técnica impecable.

            La puesta en escena es gloriosa, gracias a un diseño de producción tan fastuoso como elegante, tan colorista como equilibrado, una puesta en escena tan arriesgada como llena de gusto, deslumbrante y entregada por completo al servicio de la historia. La película termina por configurar su estética recubierta de agradables tonos pastel, con la sola excepción del paréntesis del palacio de verano, donde abundan las puestas de sol, y es en ese portentoso marco visual donde la autora sabe colocar la cámara sin perderse en el calidoscopio colorista de su propia creación, a veces en planos llenos de sobriedad y firmeza cuando la escena lo pide, y utiliza la cámara al hombro sin importarle la diferencia en el formato ni en la calidad del grano, cuando intenta acercarse más a las reacciones de la joven reina, atrapada por su situación, y saltarse también visualmente el protocolo al que está sometida.

            Es inteligente al describir el protocolo como un lastre que entorpece las relaciones y termina por configurar una vida poco satisfactoria, y también inteligente porque no se ceba en ese conflicto sino que lo pone de relieve y trata de despojarse de él para traer al personaje a un primer término.

            Otro acierto de Sofía es el de otorgarle tanto poder a las habladurías, omnipresentes en los planos en los que Maria Antonieta permanece en silencio, o simplemente camina por los pasillos ante la atenta mirada de todos. Evita las intrigas baratas de palacio o las estratagemas políticas que podrían haber ahogado su historia, y se centra en mostrar con lúcida sencillez narrativa cómo le afecta escuchar esos comentarios casi imperceptibles pero siempre presentes.

           Coloca el foco muy alto, alumbrándola, creando un aura de pureza sobre ella que va desapareciendo conforme experimenta el dolor de la vida de adulto, pero no la magnifica. Crea un personaje muy humano, extrañamente muy cercano, de ahí su habilidad narrativa, castigado por la ambigüedad de su situación y donde el exceso de comodidades no logra disfrazar la situación que la directora muestra de forma visual muy acertada en varias ocasiones una niña encerrada bajo las cuatro imponentes paredes de un enorme palacio.

            De duración desmedida, con paréntesis innecesarios y del todo prescindibles, pero firme en sus convicciones, no se traiciona jamás a sí misma ni a su espíritu, y a pesar de su aparente pérdida dentro del entramado de palacio avanza sinuosamente hasta la magistral resolución final, al margen de si es acertada o no la elección del plano más importante y  seguramente también sea el más arriesgado y valiente: la ‘reverencia’ final, el perdón, la disculpa infinita.

            Es posible que no perdure, que quede encasillada como un frívolo intento de reconstrucción histórica de dudosa fiabilidad, o que sólo se la recuerde como la película de época que utilizaba música rock como fondo sonoro, pero lo innegable es que ofrece dos horas justas de la maestría de una autora que se consagra como amante de un cine tan personal como brillante, pretenciosa por querer hacer la mejor película posible pero de ninguna manera en su discurso, y eso es una gozada verlo.



Luces en la Oscuridad (Aki Kaurismäki, 2006)


   

Lights

    Para los que no tienen miedo de adentrarse en su propia mediocridad, para quienes asumen sus limitaciones y el realismo se convierte no sólo en un punto de vista sino en la forma más coherente de afrontar la vida, las sombras de las miserias humanas son largas y bien conocidas.

   Kaurismäki las conoce bien, y no sólo las afronta sino que las saluda en cada esquina como unas viejas amigas, que conviven diariamente con la soledad y la falta de sentido en nuestra cotidianidad. Se sabe sobrio, tan frío como los personajes que retrata, pues quiere mostrar sin desmesuras la voluntad de hierro que dormita en un hombre silencioso, conformista y con el que cuesta trabajo identificarse.

   La cámara sigue tímida a ese extraño antihéroe, a ese solitario atormentado por el devenir de un mundo que le viene grande, que va más rápido que él y ante el que no sabe reaccionar. Retrata sus silencios, su inquebrantable fe en que tal vez algún día la vida mejore de golpe y todo cambie en un soplo. Y cuando él se marcha, no le sigue, sino que permanece quieta, mostrando el plano vacío mientras un lento fundido en negro marca el tempo y devenir de una película aciaga.

    Una película que se adentra, con el silencio como herramienta y la exquisitez visual como propuesta estética, en las oscuridades más terribles que no son otras que las cotidianas.

   Pero el conocer bien esas oscuridades también es señal de que se sabe distinguir mejor aún las pequeñas luces en el camino, los pequeños faros, esos candiles en forma de amiga de la caravana del parque, casi desconocida pero que realmente es incondicional, y sobre todo, la fuerza interior que impulsa al espíritu y es capaz de mover montañas, la misma que impide, en un final emocionante aún en su fría contención, que unos matones acaben con esa fe inquebrantable recubierta de silencio.


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