La Maldición de la Flor Dorada (Zhang Yimou, 2006)


Maldicion

La nueva película de Zhang Yimou, que toca de nuevo el género wuxia, aquellas películas de artes marciales que el director veía fascinado de pequeño, es posiblemente la más grande, épica, ostentosa y operística de sus hasta ahora tres incursiones en el desprestigiado género.

Yimou se entrega total y absolutamente, desde el primer fotograma, al apartado visual, a la estética de la película. En el camino abandona a sus personajes, se olvida de la historia, se distancia de las emociones y situaciones que acontecen en el palacio, diluye el contenido emocional y disipa el contenido dramático, se centra sólamente en lo visible, en lo palpable, en la estética más absoluta.

Y en esa arriesgada entrega por la que sacrifica todo lo demás, el autor firma su película más preciosista, de una perfección visual sin precedentes. En ella posiblemente no haya un solo plano que no suponga una auténtica obra de arte, diseñada, planificada e iluminada con tanto mimo y detalle que incluso el propio interés del espectador abandona a la historia y se centra en ese regalo de imágenes perfectas.

Gong LiChow Yun Fat tratan de aportar la épica de la que carece la película con unas interpretaciones poderosas, ayudados por una portentosa labor de vestuario, pero ni siquiera en esa perfecta recreación de la ambientación logran llegar y transmitir el sufrimiento de la tragedia griega a la que están sometidos los personajes.

Unas escenas de acción que asombran y deleitan pero que resultan tan artificiosas como innecesarias dentro de la historia que se cuenta, funcionan a modo de paréntesis con respecto a la epopeya de proporciones operísticas que se vive dentro del palacio. Uno casi consigue oír ecos de Puccini tras las palabras huecas que recitan los personajes, perdidos en el universo visual del director chino.

En definitiva una película notable, que pierde todo su contenido dramático al dejar de lado la parte emocional, al distanciarse del sufrimiento de los personajes, y abandonarse a una perfección visual que se convierte en el único aliciente y del cual uno debe rendirse ante el sorprendente hecho de que sólo le baste eso para sostener toda una monumental película.


El Número 23 (Joel Schumacher, 2006)


La nueva peripecia de Joel Schumacher en el cine viene a poner de relieve una vez más su nefasta producción cinematográfica y un ojo especial para embarcarse en proyectos absurdos y carentes de interés.             En ‘El número 23’ Jim Carrey hace lo que puede con una historia de lo más insulsa, apoyada en el supuesto aliciente de que su personaje lee un libro donde aparece su vida al detalle. Schumacher, para contar su película, acude a los lugares comunes de muchas otras películas del género y los refríe sin vuelta de hoja alguna, firmando un producto prefabricado sin personalidad alguna.

            El filme, que trata de abordar temas como la paranoia o la obsesión de una forma torpe y nada fluida, ni siquiera se molesta en ofrecer una base lo suficientemente sólida como para que el espectador entre en el juego y se crea realmente que existe una conspiración alrededor del número 23, y pretende ampararse en que el descubrimiento de que 22+1=23 es algo inquietante, proponiendo fórmulas absurdas que, evidentemente, todas llevan al 23 si uno quiere.

            Para dar aún más machacada la historia al espectador, la historia del libro se rueda con luces diferentes y saturadas ofreciendo una estética penosa, y la correcta fotografía del resto de la película queda completamente deslucida por los experimentos modernistas de su autor.

            Finalmente, una resolución tan absurda y poco creíble como el desarrollo de la historia viene a redondear una película en la que no hay nada rescatable, y uno pasa su metraje sin pena ni gloria con la sensación de haber asistido a una nadería con aires de grandeza que tal vez pensaba trascender en el malogrado género del thriller.



Alpha Dog (Nick Cassavetes, 2006)


 Alpha Dog

        Nueva película de Nick Cassavetes, con su tradicional estética a caballo entre el cine de Tarantino y de referentes de corte más social como Ken Loach, rueda la que es hasta ahora su mejor película, una mezcla temática muy interesante que funciona a modo de calidoscopio pero que toca con certeza todo lo que ofrece la trama del filme.

            La película, que en otro tiempo resultaría controvertida, se convierte en su contexto en un incómodo alegato sobre la educación de los adolescentes, sobre las relaciones entre ellos, sobre el sistema educativo actual y los medios sociales y de comunicación que les bombardea.

            Apabullantes actuaciones, tal vez por lo sorprendente de encontrar en una película de estas características creaciones de tanto peso como la que realiza una soberbia Sharon Stone, el desquiciado y genial Ben Foster o un no menos sorprendente Justin Timberlake que cuelga las botas de músico por un momento y se entrega al proyecto un resultado notable.

            El ritmo se sostiene a pesar de que el pulso narrativo apenas existe, solventado por la fluidez del guión y por un montaje ágil y una habilidosa fotografía. La historia se trenza y pliega sobre sí misma, y a pesar del coágulo de personajes que ofrece, todos están embaucados en la piedra angular del secuestro infundado al adolescente, que vive un viaje desenfrenado y libertino, y que no carece de cierta crítica social, lo cual transforma la cinta en un material recomendable.

            El horror de la lamentable situación parece estar suavizado por un aparente intento de mostrar el sinsentido de los actos de los personajes que se desenvuelven en esta red mal tejida de aprendices de mafiosos y niños mimados que han perdido el norte y los valores. Queda latente en la película el problema de dos generaciones enfrentadas: unos padres más interesados en vivir los pequeños momentos que les quedan de ocio que en educar a sus hijos, y unos hijos que se encuentran perdidos en un mundo de comodidades y que terminan por construir su propia realidad en una burbuja dominada por la violencia y una extorsión absurda y carente de sentido.

            La moralina, sin embargo, queda diluida en un final que no sabe mostrar con crudeza las consecuencias de unos actos irresponsables y no premeditados, descompensando el resultado final y endulzando su potente discurso. Un filme de interesante contenido, si se sabe desgranar, con una realización solvente y que se torna en necesaria en estos tiempos, a pesar de que con total seguridad pase desapercibida o bien su mensaje se diluya en el contenido excusado de thriller policiaco.


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