El Violin (Francisco Vargas Quevedo, 2005)


Malograda producción mexicana acerca de las injustas situaciones perpetradas en las guerrillas del país y que llega a nuestro país dos años después de su estreno. ‘El Violín’ fracasa en su intento de denuncia global, sobre todo gracias a una torpe dirección y a la inexistencia de tempo cinematográfico. La película discurre de forma desesperante ante una asfixiante nadería en la que los personajes no evolucionan, la trama no interesa en absoluto y el único aliciente es el trabajo de fotografía, más encaminado a buscar instantáneas hermosas que a ilustrar adecuadamente la historia.

 Ni la metáfora del violín ni algunos diálogos rescatables sirven para salvar a la película en su totalidad, que queda como un apunte más en su género, del que podemos sacar muy buenos filmes y al que no aporta ninguna novedad en ningún aspecto. Lamentable visión en blanco y negro de una historia trágica pero que no ha sabido buscar el drama en la historia ni el componente emocional con eficacia.



Zodiac (David Fincher, 2007)


 Zodiac 1

    Nueva película de David Fincher que trata de alejarse de su condición transgresora y marcadora de tendencias y se embarca en un rodaje con sabor a cine clásico, mesurado y contenido, en la que puede aventurarse tanto una madurez del autor como un cambio de registro que suponga un capricho más en la mente camaleónica del extravagante director.

            Zodiac es densa, abrumadora en todos los aspectos. Su obsesión por el detalle y el realismo más absoluto lleva a convertir la película en un verdadero reto para el espectador, que debe permanecer durante dos horas y media atento con una intensidad poco frecuente en el cine actual. El acierto de Fincher en este sentido es que logra atrapar del cuello desde el comienzo, y da las suficientes pistas con su genial narrativa para que no haya oportunidad de perderse en la historia.

            Y engancha desde el principio no con los títulos de crédito, sino con una escena a modo de prólogo, el primer asesinato, un verdadero prodigio de montaje, una planificación soberbia y una perfección de todos los elementos cinematográficos fuera de lo común y digna del genio del autor americano.

            La fotografía de Harris Savides, digna del mejor Darius Khondji o incluso cercana a los trabajos del legendario Conrad L. Hall, está hecha íntegramente en digital (Apunta, Lynch!) y es el principal punto fuerte de la cinta al ofrecer la mejor atmósfera posible, encuadrada en unos planos perfectos, de sutil belleza, de saturado colorido, bella y precisa y tan contenida como la dirección del filme.

 

Zodiac 2

            Los actores se dan la mano en un duelo interpretativo que da oportunidades a todos para ofrecer grandes recreaciones, en especial Mark Ruffalo en la que seguramente sea la mejor actuación de su carrera. La película está más centrada en explorar a sus personajes a través del caso que ofreciendo detalles innecesarios sobre su vida. Es a través de las interacciones entre ellos mientras investigan el caso donde somos capaces de conocer a los personajes. Fincher lo consigue con abrumadora facilidad pero luego parece olvidarlo y echarlo por la borda cuando muestra algunas escenas banales sobre la cotidianidad de esos individuos.

            Pero el acierto sigue ahí incluso a pesar de los errores, a pesar de ahogarse en su propia obsesión detallista e hiperrealista, ahogando también al espectador, y con el tiempo el filme se revela más como una historia de personas que no se rinden, que no son capaces de abandonar ante las dificultades, y la investigación se convierte, cada vez más, en una mera excusa muy bien adornada y expuesta. Conforme la trama deja de interesar por resultar frustrante, interesan cada vez más sus personajes y la forma en que su obsesión se transforma tanto en sufrimiento como en tesón continuo.

            A pesar de su perfección estética y narrativa, ver Zodiac es tener la sensación de encontrarse ante una película incompleta. Los últimos diez minutos parecen recortados y montados con desesperadas intenciones conclusivas. Unos rótulos de despedida confirman que Fincher terminó imbuido en su idea de contestar a quienes le han criticado por una filmografía demasiado fantástica y se ahoga en su realismo cercano al paroxismo, sin redondear la que con seguridad hubiese sido su mejor película, una cinta con halo de clásico que deja con mal sabor.

            Sin embargo la sensación que queda es la de haber experimentado un cine en su más puro estado dotado de una estética maravillosa, y con unos quince minutos iniciales para disfrutar, para estudiar, analizar, asombrar, repetir, deleitar, enseñarse en las escuelas de cine y convertirse en un referente en su género como JFK hiciera en su momento. 

 



Ciudad en Celo (Hernán Gaffet, 2006)


Aproximación tanguera de los días presentes en la ciudad de Buenos Aires, pero no un tango clásico sino moderno, rejuvenecido, reciclado a través del paso de las generaciones y puesto a punto para los nuevos tiempos, más pendientes de la imagen que de la propia música.

            El discurso de Ciudad en Celo poco tiene que ver con los dramas sociales a lo que nos acostumbra el llamado nuevo cine Argentino, y se mueve más bien por la rama comercial de la hornada europea para un público que demanda cada vez más este tipo de cine, un cine que hable de ellos mismos en clave de humor y deje un buen sabor a la manera del cine ‘feeling good’ americano.

            El acierto de la película es que consigue todo eso a través de la amistad incondicional de un grupo de amigos, sin efectismos, sin situaciones forzadas, simplemente mostrando su día a día. El juego del poder de la causalidad mostrada sin trascendencia alguna, el que todos los personajes caminan bajo la misma luna, y ese toque desenfadado con que ocurren los encuentros fortuitos ayudan a que el filme se desenvuelva con soltura utilizando su propia filosofía.

            En medio de ese devenir cotidiano de casualidades los monólogos de algunos personajes, rodados en un devastador primer plano con énfasis a veces demasiado evidente, constituyen los auténticos pilares de la cinta, que se sustentan en trasladar al terreno personal el discurso de muchos de los temas que intenta tocar de soslayo la historia, y que se hace grande por momentos, cuando la cotidianidad muestra todos los estados posibles en la vida de estos treintañeros de sueños imposibles.

            La música, insertada con calzador en la propia trama, sirve como excusa para recrearse en esa observación silenciosa de los personajes que pueblan la fauna criolla, Nuria Gago de por medio. Lástima que la interpretación de la actriz que representa a la cantante no esté a la altura ni de la música ni de la película, formando una pequeña cojera que el filme acusa durante todo su metraje.

            Pero lo que queda por encima de todo es ese espíritu de amistad incondicional que envuelve las relaciones de ese grupo de amigos, fragmentados por los avatares de la vida y por el desamor, pero que se reconstruyen en el mismo momento que se desmoronan y que les hace sentir, el uno al otro, menos solos en esa gran ciudad.




The Fountain (Darren Aronofsky, 2006)


 Fountain

Tercera película de Darren Aronofsky, que se aleja de los cánones que hasta ahora había marcado y había creado un nuevo tipo de cine, y se abandona a sus creencias personales y muy particulares, influenciado en cierta manera por el amor a su esposa Raquel Weisz y aprovechando para hacer del filme un homenaje de amor hacia ella.

   En la Fuente todo tiene un gran poder simbólico, todo obedece a un fin concreto, y sus tres historias se entrelazan como parte de un todo. La mezcla de ideologías budistas, planteamientos filosóficos y premisas religiosas están puestas al servicio de la idea de concluir una etapa, de despedirse de alguien y poder continuar nuestra vida a pesar de la pérdida a través de nuestra lucha interior.

   La que tal vez sea la película más accesible de Aronofsky, que es decir bien poco, adquiere un grado de perfección técnica y visual apabullantes. El uso de los colores, la fotografía cuidada hasta el extremo, la perfecta transición entre un tiempo y otro, el cambio de colores y texturas en cada historia, el uso del sonido como localizador de las historias, vestuario y ambientación se dan la mano para crear un universo único y completo, autosuficiente y lleno de pequeñas bellezas que admirar en cada plano.

  La música de Clint Mansell vuelve a crear escuela, repetitiva y obsesiva pero también inmensamente hermosa, evocadora, perfecta acompañante de las imágenes y poseedora de un halo poético, de rabia contenida, de pasión desbocada, música que permanece en la memoria y que se recuerda con facilidad.

  Hugh Jackman se entrega al proyecto con la misma pasión que su personaje y realiza una creación portentosa a pesar de que el estilismo del director sacrifique en ciertos momentos el trabajo de sus actores. Rachel Weisz impagable, personaje que ha asumido la muerte y trata de disfrutar de la vida, con una preciosa voz que recita el texto de manera magistral, ensoñadora. No en vano la película es un regalo hacia ella, y ella lo agradece devolviéndolo en forma de prodigiosa actuación.

  La conjunción de todos los elementos técnicos es total, en una demostración única del arte cinematográfico como pocas veces se ha visto en la pantalla. Y en ella su autor da rienda suelta a su idea del amor incondicional, que trasciende a través de las eras, que se reencarna una y otra vez y que tiene espíritu de infinito.

   Una obra castigada duramente por la crítica que un servidor recoge con la esperanza de que el tiempo la ponga en el lugar que merece, panteón único del cine del nuevo siglo, plegado sobre sí mismo, tratando de abarcar toda la expresión humana. No hará avanzar el séptimo arte, pues sus recursos son en realidad bastante accesibles, pero sí supone la rúbrica a un tipo de cine hecho sin concesiones y de forma perfecta.


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