Bee Movie (Steve Hickner, Simon Smith, 2007)


 Bee

    Amable película de animación por ordenador que vuelve a tomar el tema comunitario de forma de vida de los animales, esta vez en las abejas, para cuestionar los hábitos de vida, rutinas y faltas de motivaciones del ser humano encuadrado en un contexto que lo anula como individuo y lo convierte en un trabajador más.

 

            Con guión e historia de Seinfield, el desarrollo es tan convencional como falto de pretensiones, y aunque se deja ver con bastante normalidad, uno de sus giros finales es tan chirriante y absurdo que a punto está de llevar al traste toda la cinta, pero el buen humor y el tono agradable de todo el metraje ayudan a suavizar esos ciertos disparates que propone de vez en cuando.

 

            Sin duda no de las mejores del año en cuanto a películas de animación se refiere, pero sí altamente disfrutable, llena de buen humor y en un tono de comedia desenfadada que se agradece mucho en estos tiempos.

 



Beowulf (Robert Zemeckis, 2007)


        Absurda tercera incursión en el mundo de la animación digital por parte de Robert Zemeckis que trae al cine nuevamente la leyenda de Beowulf en una lectura que acoge a los pecados capitales y trata de fundirlos en las preocupaciones de su personaje principal.

La narración de Zemeckis juega al virtuosismo gratuito, al más difícil todavía y a la recreación visual desde todos los ángulos posibles partiendo de ‘tomas largas’ que ensanchan y abren el campo constantemente, como si quisiera declararse deudor del cine de Kurosawa, pero se queda en una mala imitación de Peter Jackson.

La historia, que pronto comienza a desvelarse tan nimia como carente de fuerza cinematográfica, parece dejar de funcionar en el mismo momento en que se plantea, con un personaje principal estereotipado hasta el paroxismo y que repite una y otra vez las constantes prepotentes y cercanas al ridículo que marcan el mal cine de acción y aventuras que parece volver a inundar nuestras pantallas. En realidad, el hecho de presentarse como una película de animación es la única baza para no entrar en el olimpo de las películas fantásticas de serie B de nuestros días.

El aspecto visual, supuesto punto fuerte de la cinta al incluir renderizaciones de actores reales (Anthony Hopkins, Angelina Jolie, caricaturas de sí mismos), cae en desgracia cuando comprobamos que el diseño de los personajes resulta artificial, poco proporcionado y escueto en sus movimientos, de modo que la perfección estética en cuanto al uso de la luz, los millones de detalles, los encuadres y la narración continuada caen en saco roto al comprobar la poca credibilidad del aspecto estético de los propios hombres y mujeres del filme.

Lamentable pues tanto a nivel visual como (sobre todo) argumental, la película termina con un clímax tan absurdo y poco interesante como el resto del metraje, y se atreve a dejar abiertas las posibilidades de la resolución, temiendo una continuación o bien una supuesta reflexión por parte del espectador en la que es inútil invertir tiempo.

Una nueva decepción del, en otro tiempo, visionario director americano, del que se espera que con el tiempo vuelva al cine de carne y hueso y con él a un aceptable nivel de calidad artística.



El Asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik, 2007)


 Jesse James

        Se habla del western como el género cinematográfico por excelencia, el que resume todas las cualidades del cine y las materializa con mayor fuerza que ningún otro. También se habla del western como obra crepuscular, como ocaso de una época y un lugar, en la que los antihéroes, siempre protagonistas, viven también el último ocaso antes de su caída definitiva.

 

            El filme de Andrew Dominik es muy diferente a un western crepuscular, es un ejercicio épico de la desmitificación de una auténtica leyenda del oeste americano. El director plantea no ya un ejercicio moral fuera de toda duda, sino una historia llena de humanidad, donde los instintos y sentimientos más diversos del hombre se ponen de manifiesto para contar el encuentro entre James y Ford.

 

            En este encuentro chocan dos realidades: la de Jesse James, ladrón que abandona su vida de forajido y comienza a vivir con el miedo de pensar en quienes puedan delatarle, y Robert Ford, admirador irresoluble del primero, auténtico seguidor e imitador convulso, lleno de otros miedos pero que también ayudan, finalmente, a autodestruirle y convertir su odisea en una cruzada moral que tiene más que ver con la búsqueda del sentido de uno mismo frente a la fama y el reconocimiento social.

 

            Hay otro nombre propio en esta película, y es Roger Deakins. El experimentado fotógrafo es el verdadero autor de la calidad estética que presenta el filme, envuelto en un halo poético donde cada fotograma parece formar parte de una postal de época, de una puesta en escena que se aleja de John Ford y de los referentes de su género y construye con elegancia, innovación, saturación de colores, la relación pictórica entre personaje y escenario, y pasmosa sencillez de elementos una fuerza y un poder visual que emana constantemente y que asegura a la historia la mejor herramienta narrativa posible.

 

            Hablar de duración desmedida en un género como éste resulta intrascendente. Incluso fuera del contexto histórico y de las reglas cinematográficas impuestas por la industria, la película demanda esa inusual duración como respuesta a la asombrosa creación de un clima contenido de tensión y drama que crispa de dolor a los personajes y que finalmente les aboca a cometer los actos que determinan su resolución final.

 

            Esa recreación en la incertidumbre, en el lento proceso colmado de angustia que viven los personajes y en la inevitable resolución es uno de los mayores logros de la película, que logra trascender los defectos que produce la larga duración del metraje y se presenta como una obra sólida y coherente con su propio espíritu.

 

            Maravilloso Brad Pitt, en una soberbia creación de un personaje complejo, atormentado y lleno de matices, genial y brutalmente encarnado por un actor en estado de gracia, y no menos brillante Cassey Affleck en otro papel lleno de dificultad, contenido en su actuación pero resolutivo, imaginativo y descarado en la descripción de un personaje que se mueve entre lo patético y lo odioso, y que él sabe dotar de humanidad y de exquisita ternura.

 

            Estas dos excepcionales recreaciones están apoyadas en la duda de no saber si Andrew Dominik es realmente mejor director de actores o bien un narrador de genio, lo que sí es seguro es que la fuerza de las interpretaciones ayudan a crear un conflicto moral entre personajes que realmente amamos y que acaban traicionados por sí mismos.

 

            Entendemos las razones del conflicto, al mismo tiempo nos repelen las acciones de ambos, nos asustan, nos convulsionan, y a la vez admiramos con inustiada tensión esa construcción parsimoniosa de la tragedia anunciada, de la resolución nada atropellada y del epílogo justo y carente de piruetas innecesarias, y en ese tira y afloja de tensión y pulso narrativo es donde se palpa el buen cine, el sabor a cine de altura que vuelve de la mano de un western, que confirma aquí una vez más su condición de género por excelencia, y que al fin y al cabo sí que ofrece una historia crepuscular, las historias del descenso a los infiernos de dos seres legendarios: la de un bandido que acaba atormentado por sus propios actos, y la de un pobre diablo que quiso emular a toda costa a aquel bandido.


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