El Bosque del Luto (Naomi Kawase, 2007)


Luto

Punto de inflexión en la carrera de Naomi Kawase, realizadora japonesa que junto a Nobuhiro Suwa representan una cierta edad y estilo del nuevo cine, un cine lleno de sensibilidad y de ternura que no duda en relatar hechos profundos y conmovedores con un estilo de realización muy lánguido y personal.

En concreto el cine de Kawase es un cine de la ausencia, de la pérdida, un cine que habla de los vínculos afectivos perdidos o fragmentados y de cómo el ser humano trata de reaccionar ante sus carencias y necesidades, sobre todo en ese plano afectivo.

Punto de inflexión para la autora por su enorme reconocimiento y porque gracias a ella su nombre resuena internacionalmente, pero también película importante para ella por conseguir la depuración de su estilo y el acierto total en su lenguaje, forma y fondo para contar su personal historia de la mejor manera posible.

El Bosque del Luto está marcada por la belleza y sencillez del encuadre, por el impresionista uso de los colores, y por esa cercanía cámara al hombro a los personajes por la que gracias a ella podemos sentirnos partícipes de su dolor.

La poesía impregnada en un viaje tan sencillo pero tan profundo en su esencia es esencial para conformar un mensaje devastador. Queda una película para el recuerdo que conmueve, desorienta y asombra por su peculiar estilo narrativo, y enamora por la sencillez de sus personajes y por la carga emocional que contienen sus historias.

El acierto también radica en su base, en un guión que por primera vez condensa y concreta de manera mucho más pulida y madura todas las obsesiones de la directora, que trabaja por fin sus temáticas con un metraje ajustado y preciso.

La travesía emocional que por un bendito accidente viven juntos Shigeki, que ha perdido a su esposa, y Machiko, que pierde a su hijo, es el eje que vertebra toda la obra. Un recorrido que ahonda en su dolor y su pena, y no trata de ofrecer una fácil catarsis que los redima felizmente. Muestra su dolor encerrado, el luto que viven y que los atormenta, muestra su desesperación y sus ganas de ser redimidos de ese dolor, y luego filma con enorme belleza su ascensión nuevamente a la vida y a la búsqueda de un camino vital que de sentido a su sufrimiento.

Ese es el cine de la ausencia que propone Kawase y por la que a través de él pretende encontrarse a sí misma y que el espectador la encuentre a ella, enmarañada en mostrar a través de otras historias su propio dolor.

Cine puro, sin fisuras, que no teme equivocarse, que se muestra vivo y valiente. Cine decidido, personalísimo y libre, lleno de gloriosos momentos, envuelto de una belleza poética que lo abarca todo y que convierte su aparente sencillez en la que es, hasta hoy, la obra maestra de su autora.



Cometas en el Cielo (Marc Forster, 2007)


Kite Runner

El nuevo trabajo de Marc Forster, adaptación de la novela homónima de Khaled Hosseini que termina absorbida por la imaginería característica en la obra del director, podría definirse con una sola palabra: Descompensación.

Descompensación en la forma de rodar, en la que el flashback de la niñez, que ocupa los primeros veinte minutos de cinta, está rodado con pura magia, pura épica, auténtica belleza pictórica en cada fotograma, además del aliciente que supone la maravillosa escena de los duelos entre cometas. Esa genialidad inspiradora pronto se diluye, perdida en una narración plana e insulsa que acompaña al resto de metraje.

Descompensación del ritmo, pues las escenas infantiles, en especial la de las cometas, planteada como una secuencia de acción, acelera el ritmo a pasos agigantados para luego hacernos ver el suntuoso letargo que suponen el resto de escenas. Tanto es así, tan conscientes son de la superioridad de la primera parte de la película, que se hace necesaria la inclusión de un torpe flashback al comienzo que haga prevalecer la historia del protagonista cuando ya es adulto sobre la de su infancia.

Descompensación en el montaje. Hay escenas que duran más de lo deseable, y otras escenas que aparecen simplemente como planos apuntados en unos pocos segundos, y por lo tanto la confusión al tratar de sopesar el ritmo de la película es muy grande. Finalmente la duración se torna excesiva en un filme que parece alargar lo más posible su disperso argumento y que termina por querer atar todos sus cabos en los diez últimos minutos.

Descompensación en el guión, pues a pesar de contar con un buen material de partida, éste es aprovechado sólo en ciertas partes de la historia. Otros momentos, una vez traspasados a la pantalla, resultan tan poco creíbles como el vestido de camuflaje del protagonista, y quedan como pistas repartidas a lo largo de la cinta para que la resolución de la historia cobre cierto sentido.

Descompensación de las intenciones, al reconocer una aparente y acertada sencillez en la primera mitad de película, con su historia infantil (muy del gusto del director, lugar donde se maneja magistralmente) y unas hermosas pinceladas acerca del racismo, la amistad… para luego decaer en una recreación pretenciosa del Afganistán actual y de su situación política, y pretende tocar tantos temas, tantas situaciones, que acaba perdida en un mar de argumentos secundarios que no la conducen a la resolución de la historia sino que la alargan inútilmente.

Y descompensación también de la música, pues una partitura perfecta como la genial obra de Alberto Iglesias sobresale incluso por encima del poder de las imágenes. Uno de los mejores trabajos en el terreno de la banda sonora en los últimos años y que supone con seguridad el mayor aliciente de la película, la que le otorga todo su peso dramático, el elemento con el que el espectador se queda finalizada la película, y el que ayuda a desdibujar un tanto los defectos del filme.

Y no es que Marc Forster firme con ésta una mala película, nada más lejos de la realidad. La notoria descompensación de la película se hace latente porque el espectador sabe reconocer en ella un gran potencial y una belleza escondida que parece no florecer nunca. Gran culpa de ello la tienen esos primeros veinte minutos, filmados con gran hermosura, con un gran tacto, donde el director pone toda su habilidad poética y convierte cada fotograma en una maravillosa obra donde los colores, el encuadre y la increíble música terminen por crear un apasionante mundo cinematográfico. Es por eso por lo que el convencional resto de la película haga que ésta quede, finalmente, descompensada.


Breath (Kim Ki-Duk, 2007)


Breath

La nueva obra de Kim Ki-Duk puede entenderse, como toda la filmografía del director, bajo diferentes y ricas lecturas. Esta multiplicidad de interpretaciones es creada a través no sólo de su habitual forma narrativa, sino de la forma primigenia del autor de crear nuevas historias, el amor por la ambigüedad de las imágenes, la confrontación continua de la moralidad con la cruel realidad de la vida cotidiana, y la libertad que ofrece al espectador para atribuir una cualidad absolutamente personal a cada símbolo que expone en su cinta.

Sus personajes favoritos siguen perteneciendo al mundo del silencio, un silencio tomado voluntariamente como forma de vida y que es expresión y denuncia de su insoportable tormento interior, ya sea el de dos jóvenes que no encuentran su lugar en el mundo (Hierro 3) o el de una joven presa de su propia burbuja de cristal (El Arco).

En Breath ese silencio viene también del sufrimiento, de un sufrimiento derivado de la culpabilidad de unos actos cometidos con un sentido que nunca nos es revelado. No importan, pues lo que Ki-Duk desea explorar ocurre mucho después de que éstos tengan lugar. Lo que importa es cómo los personajes tratan de sobrevivir con esa carga emocional a sus espaldas y cómo construyen su nueva realidad en base a la búsqueda de unos caminos que les permitan encontrar la paz con su propia tragedia interna.

De ahí que, en un mundo sin palabras, los símbolos permanezcan en un primer plano. No sólo los símbolos más palpables y evidentes, también cualquier objeto es protagonista, motivo y motor de desarrollo de algún personaje, y por ello el referente visual es tan importante en las películas del autor. Se trata de películas eminentemente visuales, donde tanto los colores como las formas toman una relevancia de gran calado, y el poder de la palabra queda relegado a mera formalidad, a trámite burocrático entre los que permanecen ajenos a este círculo íntimo entre autor y personaje.

Llama la atención por tanto, que el director con el tiempo descuide cada vez más su puesta en escena, que la sacrifique en pos de una narración sencilla y fluida, y que nunca arriesgue la propuesta de su encuadre en base a una estética menos estilizada de lo que cabría esperar dada la suma importancia del elemento visual. Breath sí que ofrece, por contra, un magnífico trabajo de fotografía que sus obras anteriores no tienen, hermoso y colorista, pues aquí el director vuelve a contar con un gran operador y se desentiende de las labores de iluminador, elemento este en el que la película obtiene un valor añadido y una cualidad pictórica de la que carecen sus otros trabajos.

Ki-Duk centra toda una historia silente en la emoción producida en cómo un ser que se imagina desnudo y desamparado trata de hacer feliz la vida de otro. Los vínculos afectivos siempre están quebrados o rotos definitivamente, pero nunca olvidados, uno de los temas favoritos del realizador. Pero no sólo hay una relación directa entre los dos protagonistas, pertenecientes a mundos diferentes pero con pasados comunes. Ese deseo de estimular la vida del personaje principal se extiende también a sus compañeros de celda, ofreciendo una hermosa confrontación entre la gratuidad de unos y de otros, y de cómo éste sólo acepta la ayuda de quien desea y valora realmente.

También están otros elementos comunes: una sociedad hostil y burocratizada, representada en el mecanismo rutinario de la prisión, un pequeño universo donde los voyeurs tienen protagonismo de primera línea, donde las emociones no tienen derecho a la intimidad, donde amar es pecado y las muestras de ese amor gratuito están prohibidas o castigadas, y esa unidad familiar fragmentada siempre presente, imbuida en un contexto edificado lujosamente con estilos modernistas que ahogan y alienan a sus habitantes. Un lujo y una comodidad que trata de ocultar un vacío existencial palpable en cada plano del filme.

Estas metáforas son ya recurrentes en el autor (recordemos la prisión de Hierro 3 y su estética casi idéntica a la propuesta en Breath). ¿Puede hablarse pues de un agotamiento de las herramientas narrativas del director surcoreano?

De lo que sí puede hablarse es que éste ha encontrado ya la destilación definitiva de su forma de contar historias, y de los elementos que para él funcionan y tienen sentido, que se vuelven recurrentes, obsesivos y que acaban en una espiral que ahoga sus películas en una tortura de hermosa estética y aliento poético infinito.

Puede hablarse también del final de la búsqueda de un lenguaje propio de un autor sin maestros o referentes claros, y sin aprendices conocidos. Tal como en el movimiento francés de la nouvelle vague, el cine asiático posee un número generoso de autores de nueva hornada con sus propias herramientas narrativas, con su propio lenguaje. Un exponente claro y aparentemente alejado de todos su contemporáneos en todos los aspectos posibles es el realizador surcoreano.

En Kim Ki-Duk no se ha agotado el discurso, como suele hablarse de él. Lo que se ha agotado es la capacidad sorpresiva del público occidental ante la obra de un autor personalísimo que sólo busca explorar sus propias obsesiones, sobre cómo el amor es referencia única para conseguir la redención ante las faltas cometidas en un mundo hostil, cómo nosotros mismos definimos ese mundo, y cómo somos los únicos responsables de que el color de nuestra pared o bien sea grisáceo y opaco, o tan colorido y lleno de vitalidad como las paredes que ella pinta, presa de ese amor generoso y desprendido que el realizador siempre tiene presente.



There Will Be Blood (Paul Thomas Anderson, 2007)


Blood

De las antípodas del último cine americano nace una película enorme, compleja y de una profundidad absorbente, dueña de un nuevo lenguaje, de una nueva manera de narrar cine en la que la evolución parece estar anclada en el fin del relato, en la crisis de la narrativa contemporánea y en la dirección invisible al servicio de una historia grandilocuente y tan ambiciosa como su título.

Paul Thomas Anderson vuelve a entregarse a sus exaltadas pretensiones, pero esta vez con conocimiento de causa, con las lecciones asumidas y aprendidas, con sus referentes cinematográficos integrados y reciclados, que desembocan en la creación de una nueva obra maestra, una larga historia sobre el devenir de un hombre y el relato de cómo la codicia es capaz de anular su vida y sus alrededores.

Anderson no escatima a la hora de contar ese descenso a los infiernos, lo muestra en su absoluta crudeza, tan cerca del personaje principal que ni siquiera el espectador se da cuenta de ese viaje introspectivo, de esa pérdida de identidad gradual que acompaña al personaje en cada paso que da hacia su propia derrota.
Con un diseño austero pero eficaz, y una estética maravillosa, con una fotografía magistral, mágica, poderosamente hermosa de Robert Elswitt (el mejor trabajo de su carrera con diferencia, un trabajo que será recordado durante años), un hábil montaje y una música sinfónica y ecléctica del recién estrenado en estos lares Johnny Greenwood, la película cobra una fisicidad peculiar, una estética única que le otorga aún más poder. Una autoridad sublime que da coherencia y consistencia a su relato.

Filme que no podría haber sido posible sin Daniel Day-Lewis como protagonista absoluto, pues su trabajo no sólo sostiene al personaje y al propio argumento, sino que trasciende y desborda su cometido para transformarse en una creación prodigiosa, colosal, repleta de fuerza y talento, también llena de excesos y desmesuras. Una actuación maestra que ayuda a convertir cada secuencia en un momento cinematográfico de fuerza y belleza fuera de todo rango y mesura.

Anderson vuelve a dar prioridad al relato antes que a la duración del metraje. Vuelve a condicionar la propia estructura en favor del desarrollo indisoluble de la catarsis de su personaje, y sitúa el punto medio (la escena en la playa) en un punto donde ya no hay retorno posible, donde la acción ha terminado y donde comienza el viaje introspectivo trágico e irreversible, como si los ecos de Ciudadano Kane se hicieran presentes en la narración de época y convirtiera éste en un discurso universal.

El autor no teme cambiar de regitro, no teme alejarse del resto de su obra, pues al hacerlo su realización se hace grande, cobra perspectiva, termina por refinarse y agrandarse hasta el nivel alcanzado, que no es otro que la consecución de un discurso ambicioso y grandilocuente a partes iguales, pero que es alcanzado gracias al poder narrativo y al enorme pulso con que conduce la película en cada escena.

Planos sobrios, certeros, escogidos bajo una inspiración absoluta, que no buscan la originalidad sino la comunión perfecta entre el encuadre del personaje y su entorno, que buscan la mejor narrativa posible para esta obra magna y personalísima.

Lo que queda de Anderson son sus obsesiones, plasmadas en la forma eterna de los vínculos familiares atormentados, fragmentados con el tiempo, y la recreación de un personaje veraz y lleno de fuerza que sufre una auténtica transformación dramática y una maravillosa evolución que lo convierten en un icono cinematográfico de primera línea desde el momento mismo de su creación.

Obra violenta, descarnada, de una belleza plástica sublime, de una estética vanguardista y a la vez con un sabor clásico irresistible, el autor vuelve a crear una obra controvertida, plena de madurez creativa y dotada de una dirección magistral. There Will Be Blood es, desde hoy mismo, un clásico contemporáneo indiscutible. El tiempo, al menos, así la recordará.


Jumper (Doug Liman, 2008)


Jumper

 

 

Enésimo subproducto comercial centrado en la creación de un héroe original y novedoso, con la funesta idea de conseguir una franquicia para poder realizar así una cantidad incierta de secuelas.

 

El modelo de superhéroe de ‘Jumper’ no se basa en la búsqueda de un antihéroe, sino en la olvidada creación de un héroe cercano, con sus propias debilidades, con su mar infinito de dudas hacia sus habilidades sobrehumanas, con el villano y la chica de turno, y con un argumento donde lo que primera es la búsqueda de espectaculares escenas de acción en sacrificio de un desarrollo interesante (o al menos digno) de las criaturas que viven la aventura.

 

Uno de los mayores problemas de ‘Jumper’ es que se toma muy en serio a sí misma. Hay un gran número de situaciones cómicas, pero no hay lugar para el humor. Sí para el sobresalto y el espectáculo desmesurado, para las tracerías visuales y para el ‘más difícil todavía’. Los diálogos sólo son capaces de discurrir por tres lamentables vías de desarrollo: las sentencias serias y pedantes, la redundante explicación de lo que ya estamos viendo, o bien una narración infantil y en momentos vergonzosa que dinamita toda posibilidad de diálogo inteligente.

 

Otro de los problemas para que la cinta funcione es el plantel actoral. Nunca hubo un villano tan mediocre como Samuel L. Jackson en su encarnación de semi lex luthor con pelo blanco. Un malvado que no crea antipatías por ser el alter ego del protagonista, sino por ser un personaje fallido que termina siendo odioso.

 

Mención aparte merecen los dos protagonistas, de gran calado mediático televisivo pero con una sospechosa capacidad para derruir las escenas en que aparecen juntos, además de mostrar una química inexistente en la mayoría de sus escenas.

 

John Powell comete el mayor pecado en una banda sonora: la invención de una célula musical interesante y poderosa, y su inútil utilización y escaso desarrollo a lo largo de la cinta, formando una banda sonora aceptable pero que contaba con un potencial mucho mayor.

 

‘Jumper’ sí cosecha el éxito como cinta de puro entretenimiento, pues su espectáculo de pirotecnia y montaje frenético le salvan la partida y la película termina antes de que el espectador pueda pestañear. Su brevedad y su previsible pero agradable desarrollo le confiere una cualidad de producto de consumo masivo que se sigue con interés a sabiendas de que no desemboca en nada.

 

Aunque en numerosas ocasiones camine al borde de la mediocridad, consigue ‘saltarla’. Era lo único que se podía esperar de una película poco pretenciosa como ésta, y es lo que consigue finalmente.



Michael Clayton (Tony Gilroy, 2007)


Clayton

Tras el arrollador éxito y el exitoso mensaje político que ha conseguido la cinta, se ha conseguido olvidar la perspectiva real de lo que significa ‘Michael Clayton’ en términos cinematográficos. Significa la ópera primera como director de un aclamado guionista hollywoodiense, Toni Gilroy, que abandona las tracerías del personaje Bourne y firma aquí su primera autoría como director y escritor de un proyecto ambicioso.

En él aparecen todas las caras conocidas defensoras del partido demócrata norteamericano: desde Sydney Pollack hasta la mega estrella George Clooney, dos de los benefactores del proyecto junto a Soderbergh. Y buena parte del espíritu de la película está encaminado a mostrar la corrupción política y la amenaza de nuestro tiempo no ya a través de la construcción de la sociedad actual, sino del gobierno americano que impera en este momento.

 

Ese afán por convertirse en ‘la obra demócrata’ por excelencia resta mucha credibilidad y seriedad a un proyecto tan ambicioso como productor de lecturas ambiguas. ‘Michael Clayton’ puede entenderse como una película política, pero también como un filme de acción, con una puesta en escena y un desarrollo contaminado hasta la médula por las series de televisión y las películas baratas de espionaje.

 

Gilroy pretende crear una trama tan transparente pero tan compleja a la vez que se abandona a su propia densidad, creando un continuo caos de nombre, lugares y personas en el que es fácil perderse y nadar en la superficie como espectador que busca simplemente una resolución al conflicto interpersonal entre protagonista, situación personal y situación profesional.

 

El hermoso logro de la película es que consigue crear un gran personaje principal, que lucha tanto consigo mismo contra el descubrimiento de que el sistema lo ha traicionado, en el que se ve siervo de un capitalismo traidor y cruel, y del que no encuentra escapatoria posible. George Clooney pone cara a ese marasmo de emociones contenidas en un personaje también contenido pero lleno de fuerza.

 

La astucia de Gilroy en su denuncia capitalista esconde astutamente la responsabilidad de sus propios ideales y los focaliza hacia una cierta parte del sistema político americano, tratando de limpiarse las manos. Esa descripción desde fuera del problema es lo que termina alejando la trama de un enfoque realista, diferente a lo que ya conocemos, para transformarse decepcionantemente en una trama más que se acerca al subproducto televisivo pero que sobrevive gracias a su exquisita técnica.

 

Y ahí, en la técnica de la cinta, subyacen muchos de sus enormes aciertos, tanto en una novedosa puesta en escena que honra al autor novel como en una resolución de ciertas escenas dirigidas con maestría. Hablamos pues de un director primerizo que sabe muy bien lo que quiere hacer y cómo debe mostrarlo, como si hubiese aprendido mucho de la colaboración como guionista con otros grandes directores, un director primerizo pero con una mano y un ojo ya ductos en la narración cinematográfica.

 

Amén del actor principal, soberbio en su creación, quien se lleva la palma realmente en su trabajo actoral es un soberbio Tom Wilkinson, que encarna (en unas pocas escenas) un pequeño papel lleno de fuerza y al que dota de una garra y presencia absolutamente absorbentes.

 

Hermosa fotografía, cuidada estética de corbatas y luces nocturnas en la gran ciudad cosmopolita, el apartado técnico de la cinta es posiblemente su punto más fuerte y más transparente, pues el objetivo inicial de mostrar una historia de nuestro tiempo con realismo y sin tapujos acaba ensuciada, escondiendo los intereses de unos y mostrando las miserias de otros.



American Gangster (Ridley Scott, 2007)


American

Enésima película dedicada a la mafia en esta prolífica época de películas sobre infiltrados y el seguimiento de la estela de las grandes películas del género, esta vez es Ridley Scott el encargado de llevar a la pantalla una ambiciosa historia sobre el auge y caída del imperio cosechado por un traficante de droga durante los años 70, por supuesto, con el supuesto aliciente que tiene para el director el basar su material en hechos reales.

La película huele a encargo, a realización rutinaria por parte de su autor, o cuando menos, a una falta total de inspiración tras la cámara.

 

La recreación de las ciudades de los años 70 y toda la cultura musical, estética y política está reflejada a la perfección, poniendo en evidencia un suntuoso y espectacular diseño de producción. La cámara al hombro ayuda a impregnar en la imagen la sensación de una recreación total, hiperrealista de su época y la representación deja de serlo para convertirse en una realidad gracias a la magia del celuloide.

 

Scott no juega con ese hecho, sino que lo alimenta centrándose en sus dos personajes principales, encarnados por dos enormes animales de peso: Denzel Washington, que hace lo que mejor sabe y como mejor sabe hacerlo, mostrarse comedido y contenido en la mayor parte del papel y explotar en contadas y milimetradas ocasiones, ofreciendo una caracterización asombrosa de un personaje con pocos matices sobre el papel pero interpretado con maestría por el actor, y Russel Crowe, más centrado en el aspecto y las reacciones estéticas del personaje que en la caracterización personal de su rol, que debe lidiar con un personaje de grandes convicciones y valores morales pero que está duramente castigado por un referente histórico (devuelve una gran suma de dinero a la policía en una de las primeras escenas y ese hecho le convierte en ‘leyenda’) que jamás funciona y que por culpa de las continuas referencias a lo largo del filme termina acusando la falta de eficacia de ese elemento.

 

El montaje falla en sus dos vertientes fundamentales: las escenas están editadas con un sentido mediocre a la hora de seleccionar cortes y ubicar los planos, como si éstos fueran aleatorios, pareciendo más una obra de ingeniería que una edición obediente a algún tipo de criterio cinematográfico. Además su duración es totalmente desmedida: la inclusión de un millar de escenas inútiles y sutilezas innecesarias convierten la duración en una brutalidad y por tanto a la película la dota de una pretensión desmedida, como si quisiera encararse a las obras maestras que pueblan el género del cine de gángsters. Por supuesto esta ‘American Gangster’ no es ni de lejos comparable a los filmes que todo amante del cine tiene en mente, y la sola idea de quererse igualar a ellas resulta irrisoria y pretenciosa.

 

Fotogafía impecable, imagen pulida de colores saturados, muy bien escogida, con un Ridley que sacrifica su imaginería visual a favor de la narración humana y cercana a sus personajes (sacrificio que termina siendo muy desafortunado), música original y de archivo muy bien escogida que ayuda a recrear la atmósfera de la época y un plantel de actores secundarios eficaces en una descomunal y sobresaliente labor de casting.

 

Lo que falla en American Gangster no es el ritmo, que es maravilloso para una cinta de la duración de ésta, ni ningún elemento que salte a la vista tan brillantemente como sus dos actores principales (que a pesar de haber rodado dos películas juntos, vuelven a coincidir en apenas dos escenas que no hacen justicia a un esperado duelo interpretativo que nunca llega). Lo que falla en el filme de Scott es la enorme disonancia que existe. Disonancia entre las pretensiones épicas, mastodónticas, académicas del filme, y la falta de interés de su autor en entregarse a la narración y llevarla más allá del mero pastiche televisivo, que es en lo que se acaba convirtiendo.

 

El epílogo, insulso y sobrecargante de información innecesaria, que parece querer conceder segundas oportunidades a todo el mundo, tal como el buenazo del policía, ayuda a confirmar el hecho de que la película se ha ido completamente de las manos de cualquier indicio de una visión creativa y original, y es tan irrelevante como la película en su totalidad, llena de una apatía narrativa tal como la pedantería de su director en los últimos años.



Viaje a Darjeeling (Wes Anderson, 2007)


Darjeeling

En el mundo de Wes Anderson, todo parece vuelto del revés. Todo el cine que ha visto parece haber sido visto del revés, y toda referencia parece encubierta al ser interpretada del revés y ser canalizada a la narración peculiar de historias tan originales como imposibles.

En su cine abundan el amor por los detalles, las referencias a la unidad famliar, fragmentada y a veces incluso desierta, las carencias afectivas de unos personajes histriónicos que se han autoimpuesto una autoflagelante búsqueda de nexos de unión hacia las personas por las que sienten afecto. En el desarrollo de ese proceso personal el director da importancia a los objetos, a los recuerdos y a las historias pasadas, que siempre se hacen presentes en el hoy y que afectan a todo lo que éstos hacen.

 

Esta vez, en la que seguramente sea su obra más madura, coloca un tren como metáfora de la vida. Un tren que sigue un camino marcado, un camino impuesto por unos padres que no supieron o no pudieron dar las herramientas adecuadas a sus hijos y éstos intentan seguir el sendero. Pero en el cine de Wes Anderson incluso los trenes se pierden y abandonan su camino. Los tres protagonistas abandonan el camino trazado y se embarcan en una búsqueda de su propio yo en la que todo les influye y los moldea hasta descubrir quiénes son realmente.

 

Y en ese tren, a pesar de haber sido un camino con el que no estaban a gusto, dejan su influencia en cada persona con las que se encontraron, aportan su grano de arena sin saberlo, en cada una de esas vidas, y hacen que éstas también florezcan, seña inequívoca que da Anderson a la importancia de los inicios, de los comienzos.

 

Camino itinerante, pintoresco y confuso, pues no está marcado tal como las vías del tren y el movimiento es tanto hacia delante como hacia atrás. Camino que les obliga a irse abandonando a lo más esencial, a lo que consideran realmente importante y a dejar todo lo demás atrás.

 

Y finalmente una secuencia de reconciliación maternal, en el que sobran las palabras y en las que el director usa por primera vez el primer plano, naturalista y emotivo, que resume todas sus obsesiones familiares en una mirada de perdón incondicional.

 

La estética de la película está a la entera disposición de los colores elegidos (azul turquesta por doquier) y de la habitual puesta en escena que el cinemascope brinda a las tracerías visuales del realizador. Podría asegurarse que éste es de lejos su filme más preciosista, de mejor acabado visual, en el que parece haber cuidado cada plano con mimo y que haya hecho también el sendero que recorren sus personajes, pues por primera vez se despoja de muchos elementos ajenos que encaminan su película (aún más) a su visión personal de una forma total.

 

Magnífica idea la ficción de un corto previo a la película, que no es más que un flashback que influye directamente a la historia de la cinta, rodado con una estética exquisita y capitaneado por una Natalie Portman en estado de gracia que se come a su interlocutor. Finalmente la carga emocional de ese episodio corto termina por configurar la necesidad dramática de uno de los personajes, hasta el punto de estar representado en la propia ropa que lleva. Anderson plantea así un mundo imaginario de los sentimientos que se manifiesta en el plano terrenal en forma de símbolos constantes.

 

Ese mundo de excesos asombrosos, esa falta de estructura originaria (el director juega a reinventar los clímax y a huir de la estructura tradicional, y en el camino está a punto de convertir su travesía mística en un sinsentido), ese material que va y viene, ese ensimismamiento con su propio universo, está a punto de fagocitar la película y convertirla en un mero monstruo de su invención que acaba engulléndose a sí mismo, ahogado en sus contínuas reglas absurdas. Pero la creencia y firmeza absoluta del autor en la historia que cuenta y su constante evolución ayudan a evitarlo por momentos.

 

Lo que queda finalmente es una historia de ida y vuelta, un camino trascendental para tres personajes construídos bajo las estrictas reglas del mundo surrealista del director y sus compinches, que funciona bajo metáforas en bruto (la falta de escucha y entendimiento de uno de los hermanos está simbolizada en unas vendas que tapan sus oídos durante toda la película) y un humor escondido y minimalista (Adrien Brody, que por momentos parece perdido, constrye su personaje en base a esa idea, como hiciera Bill Murray en el resto de la filmografía de Anderson), bellamente filmado y con una idea en el fondo clara y sencilla: la de aprender a valorar lo esencial, bajo un prisma estético barroco y rocambolesco.



La Escafandra y la Mariposa (Julian Schnabel, 2007)


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En una época donde el cine parece querer expresar el final de la forma conocida, la crisis del discurso cotidiano y la ausencia de todo argumento posible, Julian Schnabel, bajo su constante compromiso con la idea de hacer cine sobre las personas, ofrece la certeza de que el formato presente aún es posible.

El argumento, una representación veraz y personalista de la obra homónima, está centrado en torno a la figura de los últimos días de su protagonista, ‘encerrado’ bajo una parálisis total, y su decisión vital de poner en palabras los sentimientos de esos momentos. Podría decirse que es una mera reconstrucción de lo acontecido en el libro.

 

Sin embago, nunca hubo un traspaso a la pantalla tan brillante de un material literario. La forma cinematográfica toma forma al hacerse patente las intenciones de convertir la película en una experiencia personal, que protagonista y espectador sean uno sólo y que compartan tanto la experiencia como los recuerdos.

 

No se basa, pues, en reconstruir los hechos, sino en construir una realidad física, plástica, colorista y realista al mismo tiempo, matizada magistralmente por el arte de Januz Kaminski, fotógrafo que no sólo vuelve a sorprender, sino que va más allá y gracias a su trabajo construye una obra particularísima, donde cada escena tiene una textura diferente, propia e intransferible, un trabajo perfecto de iluminación al servicio de una historia profundamente humana.

 

Schnabel no se centra en las miserias humanas ni apunta su película hacia la grandilocuencia, como ya haría antes Alejandro Amenábar con un material muy parecido, sino que trata de ilustrar el sufrimiento personal no a través de la conmiseración del personaje, sino de la identificación total con él.

 

En este contexto, las metáforas visuales (que dan nombre tanto al libro como a la cinta) son tan necesarias como llenas de una poesía contenida, sin lugar para los excesos, matizada por un hábil y portentoso montaje, sublime edición que también dota de un maravilloso ritmo al metraje.

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Construcción también perfecta en la estudiada combinación entre tiempo presente y pasado que se evoca a través de elementos que empujan al personaje a recordar. Cada escena viene enriquecida por su anterior, y por todas las que le preceden. Se funden así el peso narrativo con la perfecta importancia de cada una de las secuencias que forman parte del filme. Cuenta con tantos aciertos y virtudes, que es imposible no disfrutarla, no inmiscuirse en el impacto emocional que suscita la historia.

 

Fantástico trabajo de Max Von Sydow en apenas dos secuencias, logra la creación de un padre tan humano como absolutamente creíble, y al igual que todos sus compañeros de reparto, logra elevar a gran altura la representación visual del filme.

 

Hermosa banda sonora, ahogada quizás por un exceso en la elección de música de archivo, que parece acompañar (nunca conducir) las imágenes con las que está casada en la película.

 

Y de nuevo, portentoso Januz Kaminski, verdadero motor visual de la película, sin cuyo trabajo la representación visual de lo acontecido jamás podría haber tenido ese resultado, esa conjunción perfecta entre la genialidad estética y la creación necesaria de la imagen perfecta, llena de arte y belleza, al servicio de una historia conmovedora y conducida con gran maestría.

 

Sin duda una película así, rodada bajo este punto de vista, tan cuidadosamente elaborada, tan delicadamente pensada en cada uno de sus pasos, merecía un final muy alejado de efectismos, de resoluciones fáciles, de moralejas simplonas y sentimentalismos forzados. ¿Qué papel toma, pues, ese innecesario epílogo que menta las críticas sobre el libro y alarga la historia tan sólo unos segundos más, después de saberse perfectamente terminada? Un pequeño exceso en una película que no peca de ninguno más.


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