Como la vida misma (Peter Hedges, 2007)


Dan


La última comedia comercial americana, capitaneada por Steve Carell en un suntuoso protagonismo, intenta agregar como viene siendo habitual las virtudes de los dispares tipos de comedia que cohabitaron el cine de los noventa y que ahora se integran queriendo tapar todas sus lagunas argumentales.

Así, conviven en una misma película la comedia romántica, la comedia disparatada, la comedia familiar, e incluso en ciertos momentos (más de los deseables), la comedia adolescente.

El argumento sobre un padre viudo que trata de educar a sus tres hijas es sólo una burda excusa para tejer situaciones absurdas a placer que buscan por encima de todo la risa del espectador y el desenfado más inmediato. Todas las subtramas están pues supeditadas a esa máxima que es el humor y a través del cual la película toma un agradable tono.

Carell se desenvuelve con soltura en un papel excesivo que aparece en todas y cada una de las secuencias y que él convierte en pura contención tratando de dosificar su histrionismo acostumbrado. Ayudado enormemente por los cambiantes estados anímicos de su personaje, el protagonista absoluto ofrece todo un abanico de posibilidades actorales de las que siempre resulta al menos aceptable.

Juliette Binoche pasa de trabajar con Hou Hsiao Hsien a la comedia americana (con la película de Amos Gitai de por medio) y demuestra su camaleónica capacidad de adaptarse a cualquier proyecto y además garantizar sus resultados. Aquí, Binoche aparece atractiva en toda su plenitud, pero el problema radica en que el guión condena a todos los personajes, salvo al principal, a convencionales estereotipos que rayan lo ridículo, o cuando menos, lo previsible.

A pesar de las limitaciones de la película enfocada especialmente a su consumo masivo en videoclubs (es el producto perfecto, agradable, bien llevada, con ritmo y sin temáticas ambiciosas), ‘Como la vida misma’ es una plana comedia construida con acierto y sin pretensiones, y aderezada con el buen cúmulo de valores que familia y protagonista muestran en su quehacer cotidiano se convierte en una agradecida película que cuenta y muestra únicamente lo poco que se proponía, lo único que prometía.



Al Otro Lado (Faith Akin, 2007)


 Alotrolado

            Faith Akin toma la estructura de historias cruzadas para tratar de llevarla más allá y provocar toda una cadena de acontecimientos que pretende acercarse a mostrar una interacción global entre las personas, a la manera de los filmes que produjo el tándem compuesto por Alejandro González-Iñárritu y Guillermo Arriaga.

            La película alemana sin embargo cierra más el cerco y no lo supedita a la geografía mundial, sino que enmarca su aventura entre Turquía y la propia Alemania, en un continuo viaje de ida y vuelta que parece querer interconectar ambos mundos.

            El tratamiento de esta estructura ya clásica en el cine contemporáneo intenta alejarse de lo común al proponer no un entretejido de argumentos que acontezcan al unísono y tengan relación unos con otros. En realidad el argumento va pasando de un personaje a otro haciéndolo protagonista durante un breve lapso, y donde cada uno pasa la fuerza del relato al siguiente de forma concatenada.

            Este hecho ayuda a la película a conseguir el efecto dramático que pretende esa visión global y unificada del mundo que viven los personajes que entrecruzan sus destinos una y otra vez, sin llegar a tocarse.

            En la película conviven todas las historias posibles, todas las religiones, todas las posturas políticas, todos los conflictos familiares, todas las crisis de identidad, todo de cada uno de quienes aparecen. Esa intención aparentemente pretenciosa queda encuadrada en un tono sencillo y poco ambicioso que ayuda a llevar a la pantalla una propuesta tan densa que de repente queda esclarecida por una narración honesta, sencilla y que no juega con la ambigüedad en ningún momento.

            Es posible que esa apuesta por una pirueta argumental tan poderosa haya requerido un control de la narración tan ajustado que impida que sobresalgan muchas otras características del filme, volviéndose plano en muchos momentos. Finalmente las historias quedan cerradas de una manera atropellada queriendo resolverse en los últimos instantes, no sin cierta intención poética a punto de salirse de contexto.

            Faith Akin parece no confiar en sus propios aciertos y redunda en ellos, insiste en hacernos ver lo que ya ha contado con precisión, y recae en lo evidente y muchas veces en mostrar más de lo necesario, elemento que resta mucha fuerza al conjunto de la película.

            Supone ésta sin embargo una interesante revisión de las películas de historias cruzadas, con personajes fuertes y definidos, y pone de manifiesto una vez más el contexto transnacional al que se enfrenta el cine en este nuevo siglo.



En la Ciudad de Sylvia (Jose Luis Guerín, 2007)


Sylvie 1

En la cumbre de una modernidad trazada con los años y la plenitud creativa que proporciona la pasión de llevar a la pantalla una vivencia profundamente personal, Jose Luis Guerín ha firmado un trabajo que escapa de toda norma convencional, que evidencia tanto el cambio de la narrativa cinematográfica actual como los cambios en los lugares de proyección y su manera de proyectarse.

Trabajo que ha quedado dividido en tres partes: Las mujeres que no conocemos, exposición itinerante, Unas fotos en la ciudad de Sylvia, una película-borrador del esbozo creativo sobre el filme futuro, y el propio largometraje que supone la obra culminante de un proyecto atípico y rotundamente apasionante.

Guerín no se sumerge en el ensimismamiento, como muchas veces se ha dicho erróneamente. Su búsqueda de la belleza femenina en las personas que le rodean, la búsqueda de un rostro concreto que es evocado a través de todos y cada uno de los que pasan a su lado le sirven para captar la idea imposible del ser humano de capturar los momentos deseados, imposibles de guardar, imposibles de ser condensados del todo.

Esa búsqueda personal implica una constante visión de voyeur frente al paisaje y las figuras que lo cruzan. La visión intimista cobra sentido dramático en la pantalla cuando su alter ego está presente en la escena, y encarna con sutileza la misma curiosidad e intensidad de la búsqueda que el director realizó personalmente y que se muestra en las otras dos obras de su tríptico artístico.

Sorprende la enorme belleza escondida en cada plano, en cada observación de los detalles, en la invitación a la contemplación con el silencio como aliado. Sorprende la delicadeza del trazo y la sensibilidad con la que describe esos momentos íntimos.

Luminosa fotografía, que engrandece y embellece las formas y cada uno de los rostros, principal motor del filme, que queda imbuido en un maravilloso contexto visual. Esa belleza plástica casi tangible ayuda a sentirse partícipe de ese paseo continuo, de las miradas clandestinas y de la búsqueda de la belleza a través de cada uno de esos rostros.

Luminosa también Pilar López de Ayala, que en su breve pero intensa aparición regala un maravilloso momento de cine en toda la secuencia en que aparece, posiblemente la más intensa en lo que concierne al relato pero también rodada con una delicadeza especial, con una mayor intensidad. Mágico momento el encuentro en el tranvía, con una actriz que apabulla por su belleza natural y que por un momento es ella quien evoca a todas las mujeres que evocaban a la Sylvie original.

Sylvie 2
No puede hablarse de ensimismamiento, pues es un camino que se asemeja la amada experiencia que supone el cine mudo en la vivencia fílmica del director, o al lenguaje cinematográfico que ya han explorado Kiarostami o, en mayor medida, Victor Erice, quien podría ser el gran deudor de la forma poética que impregna la película.

No se trata de una búsqueda de la perfección. Ese encuentro con la imperfección queda subrayado en la torpeza del protagonista, en cada tropiezo, en cada equivocación. Busca la belleza sólo a través de la naturalidad y la sencillez.

No se trata tampoco de la idealización de un lugar, momento ni persona. Muchos personajes ayudan a dibujar una ciudad que también alumbra defectos, aunque a veces cueste encontrarlos. Busca la belleza a través de su convivencia con lo cotidiano.

Cuando llega la noche, cuando ya ha acontecido el encuentro, se diluye la pasión de la búsqueda, la intensidad con que se propicia el encuentro y aparecen otros instintos más primarios. Lástima que con ella también se diluya el relato, se apague la fuerza que arrastraba esa mañana hermosamente filmada, maravillosamente fotografiada y que de repente se desdibuja.

La pasión del encuentro soñado se diluye cuando éste parece imposible, cuando los rostros evocan ya no la esperanza de distinguir a Sylvie sino la imposibilidad de encontrarla más que en los rasgos de otras mujeres. Ese sentimiento crepuscular también afecta al estado anímico que destila de repente el filme y su tono otoñal convierte las últimas secuencias en un largo y melancólico epílogo.

Hermosa propuesta, inclasificable y valiente apuesta de su director por acercarse a una idea íntima y soñadora, dulcemente lánguida, es necesaria aproximarse a ella bajo una gran empatía y sensibilidad, un gusto por la contemplación, por la reflexión y por el encuentro con el arte de lo invisible, de lo pequeño, pero también de lo sublime.

Plenamente liberada de las estructuras clásicas de la narración, con un lenguaje moderno consciente de su cualidad introvertida (pues de eso tiene mucho este viaje, de introversión), la película revela finalmente cómo la idea del romanticismo ha desaparecido en los tiempos en los que vivimos, pues la búsqueda del ideal resulta ridiculizada, castigada o en el mejor de los casos, prohibida.

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*CAMEO ha editado ‘En la ciudad de Sylvia’ en DVD, un lanzamiento que ofrece la posibilidad de disfrutar de la obra a todos aquellos espectadores a los que, como a quien suscribe, les fue escamoteado su estreno en las salas de su ciudad.


Las Hermanas Bolena (Justin Chadwick, 2008)


Bolena

Justin Chadwick firma una noble adaptación del conocido drama de época. Gran handicap el ser conocido: saber el argumento antes de que la película empiece convierte el filme en un suplicio, pero recemos para que el espectador conozca sólo lo mínimo y sepa disfrutarla.

Hasta tres actrices en la película son en realidad niñas-actrices convertidas ya en adultas. Llama la atención el detalle pues alumbra ciertos aspectos del tipo de producción del que se trata, amén del celebrado ‘duelo interpretativo’, si es que puede llamarse así, de Portman y Johansson.

La historia palaciega está contada con acierto, comedida y contenida, cimentada en los diálogos, que están escritos con precisión. Peca en muchos momentos de condensar tanto la historia que en el montaje la reducción temporal resulta ridícula por momentos (alguien es desterrado y aparece en el siguiente plano, ya finalizado su exilio), pero sin embargo este ritmo parece necesario para mantener la cinta bajo su condición de entretenimiento sin excederse de la duración estándar de un filme comercial.

Un guión aceptable, lleno de momentos de lucimiento para cada uno de los actores, que por el contrario ofrece unos personajes absolutamente planos, carentes de dilema moral más que de la propia supervivencia de cada uno.

Natalie Portman realiza una de sus mejores actuaciones hasta la fecha, que no es decir poco, y continúa creciendo. Su papel, lleno de angustia y de estados anímicos diferentes, es colmado por ella de matices y contrastado con mano maestra por la joven actriz.

Scarlett Johansson, menos agraciada en su papel de hermana ingenua y bondadosa (encarna sin embargo a un hermoso personaje en el plano moral) se limita a ilustrar con su acostumbrado rostro de asombro lo que acontece a su alrededor y ante lo que ella responde pasivamente.

Eric Bana aporta fuerza y cohesión a su personaje de rey, atormentado por el dilema que le supone tomar ciertas decisiones y que el actor solventa con acierto. Su personaje, sin embargo, se encuentra sumido en dudas de principio a fin y su postura termina resultando tan cargante como carente de contraste.

Incluso Kristin Scott Thomas tiene momentos para su lucimiento, en un pequeño papel pero resuelto con una gran intensidad.

Paul Cantelon orquesta una contenida nadería que casa muy bien con las imágenes planas que ofrece el director. Cantelon empieza sus primeros temas mostrando motivos musicales dispersos y termina redimiéndose al centrarse en uno y desarrollarlo con una bella orquestación. Sin embargo está bien lejos de sus mejores trabajos.

Diseño de producción fastuoso y sublime. Cada uno de los vestuarios que aparecen en la película son dignos de elogio, y la buena dirección artística termina por conformar una ambientación soberbia en la pantalla. La historia y el plantel actoral merecían este contexto para sacar a relucir lo mejor de sí mismos.

Fotografía de Kieran McGuigan matizada y obsesionada con las sombras, el contraste entre tonos fríos y cálidos, ambientación lúgubre y belleza en el encuadre, supone sólo un acierto a medias, pues en muchas ocasiones peca de su constante búsqueda del plano bello a nivel estético pero sin ningún nivel de información visual.

Falla derivada también de una puesta en escena absolutamente inexistente, en la que abundan planos cortos (tanto en encuadre con en su duración). Se adivina así una intención del director por controlar todos los engranajes de la producción para que la función sea al menos suficiente y no se le vaya de las manos. Esa exagerada contención ahoga muchos momentos de la película que podrían haber gozado de mayor intensidad creativa y de una mayor apuesta por la libertad actoral de su glorioso plantel.

En definitiva una disfrutable película de época, cuyo mayor aliciente no es el ‘duelo interpretativo’ que no está favorecido por el guión, sino por las actuaciones de los tres protagonistas por separado y en su conjunto, que convierte una cinta de entretenimiento con  intenciones de  telefilme en una película con más aciertos de los que pueden percibirse a simple vista.



The Eye (David Moreau, Xavier Palud, 2008)


The Eye

Tener un producto hollywoodiense que aúna los poco halagüeños conceptos de ‘remake’ y ‘blockbuster’ al mismo tiempo es una garantía para saber a lo que nos enfrentamos. El enésimo remake de película de terror japonesa, fórmula americana que evidencia ya claros síntomas de agotamiento, está planteado como un simple conducto de distracción  sin buscar mayores pretensiones.

Como producto de entretenimiento, ‘The Eye’ cumple su función rayando siempre el terreno de lo previsible, en un género tan trillado y ofuscado como el terror. Algunas resoluciones de la parte final acercan la película más al lado del telefilme que de la genuina superproducción americana. Sólo consiguen salvarla ciertos momentos.

Cuidada estética, ayudada por la notable fotografía de Jeff Jur, es el principal punto fuerte de la película, que trata en todo momento de ofrecer un entramado visual que otorgue al propio relato la potencia de la que éste carece. Apoyada también en Jessica Alba, protagonista absoluta de la cinta que hace todo lo posible por realizar un trabajo creíble y respetable. La actriz sale bien parada de su reto interpretativo pero lo consigue más por su presencia estética ante la cámara que por su propia calidad actoral, de la que no obstante se aprecia una agradable evolución.

Combinando los fallidos clichés del género (golpes de efecto, ruido, el espectro sonoro como productor de suspense, dosis de sustos medidos a lo largo del metraje) con una cierta corrección formal, ‘The Eye’ navega entre aciertos y errores, siempre como película pequeña, diminuta, pero queda vencida finalmente cuando opta por una resolución tan fácil como desbordante  en su propuesta de (exagerada) ficción.

Producto altamente entretenido, tiene como mayor virtud el mantener el interés a lo largo de la cinta (dado el lamentoso material de partida, es ya un logro encomiable) y digno trabajo actoral de la hermosa Jessica Alba, cuyo siguiente y esperado acierto será elegir mejor sus papeles. Crucemos los dedos.



Lo mejor de mi (Roser Aguilar, 2007)


Lo mejor de mi

    Como si se tratara de un joven director de orquesta frente a una gran sinfonía, el primer filme de Roser Aguilar está condicionado enormemente por el deseo de que todo esté controlado y resulte correcto antes que la exhibición de virtuosismo, los alardes técnicos, el énfasis en ciertos pasajes, los contrastes de intensidad o el ir en una búsqueda más allá de la superficie del relato.

    Con esa corrección como herramienta principal que lo condiciona todo, lo convencional toma la película al asalto en todos sus aspectos, desde la historia primigenia hasta el resultado final.

    Sin embargo, para quien sepa acceder a ese juego de convencionalismos, la película presenta muchas virtudes que se la juegan en lo pequeño y en lo sencillo. Gracias a esa sencillez, a esa corrección formal, muchos otros detalles saltan a la luz y revelan una hermosa cinta llena de imperceptibles aciertos. Esa sencillez termina convertida en su mejor virtud al conseguir plenamente el contar una historia verdaderamente humana.

    La historia que plantea, una joven que pretende sacrificarse por su pareja y donar uno de sus órganos ante la enfermedad de él, presenta en realidad un gran número de decisiones valientes que aportan una gran frescura a este cine de relatos sencillos, no una vuelta de tuerca sino simplemente nuevas vías para el reciclaje de cierto tipo de películas que empezaban a acusar ya cierta apatía argumental.

    La película no se queda en la moralina fácil y busca un desarrollo realista en sus personajes, criaturas que sufren y viven presas del tiempo que les ha tocado vivir. Marian Álvarez hace una maravillosa creación de su personaje en una actuación gloriosa, llena de matices, fuerte y decidida, y el resto del plantel actoral se sitúa a la altura en los contados momentos en que Marian les delega el protagonismo.

    Hermosa la fotografía de Isaac Vila, tomando en ciertas escenas decisiones arriesgadas, como ocurre en la oscurecida y brillante escena final, que parece radiografiar las emociones de los personajes y sus estados anímicos en ese ocaso que trasciende a la propia estética y que conforma una de las mejores secuencias del filme. No tan acertado resulta Jens Neuimaer en su labor musical, pues plantea una música jovial y desenfadada incluso en los pasajes más dramáticos. El único resultado es conseguir con ello un distanciamiento de la historia por parte del espectador, y no la presumible intención de evitar dramaturgias gratuitas o exacerbadas.

    ‘Lo mejor de mi’ no sólo es un fresco ejemplo de cine honesto y sin pretensiones grandiosas, fresco también por estar rodado en una Barcelona viva y mágica, brillante y lúcida. Aunque a veces peque de ingenua, de poco pretenciosa, la película es, además, el primer esbozo creativo de una nueva escuela de autores que comienzan a abrirse paso en la cinematografía del país. Por eso, su valor como símbolo fílmico es tan grande y valioso como las hermosas y vitales decisiones de los personajes del propio filme.



Silk (François Girard, 2007)


Silk

    Relato fascinante que emerge de una novela absorbiendo todo su potencial y que termina impregnado en una película que trata de utilizar todos los recursos posibles para otorgar fuerza a la historia y dotarla de una enorme condición épica.

    Para la épica que requiere esta, en el fondo, convencional historia de amor nadie mejor que el canadiense François Girard, autor de la maravillosa ‘El Violín Rojo’. Girard hace suya la historia y la lleva a su terreno, el de las densidades estéticas, la profundidad visual y la carga emocional magistralmente contenida en cada secuencia, sin poner en peligro la enorme pasión con que está realizada.

    Pero si hay un nombre propio en la realización del filme es Ryuichi Sakamoto, que no sólo ofrece una banda sonora imponente y fascinante, uno de los puntos fuertes del filme que potencia el poder de casi todas las secuencias pues Girard es gran amante de la música y adora convertir sus filmes en auténticas sinfonías visuales. El compositor nipón también trabaja aquí como operador de cámara, y su trabajo fotográfico raya a gran altura y ayuda a complementar de manera muy rica el colorido y la ambientación de la cinta.

    El sencillo argumento queda enormemente potenciado gracias a un preciso sentido visual y estético, a la vez que la música ayuda a conducir paisajes, gestos, acciones, y sentimientos de los personajes. Girard sabe que para que la historia funcione debe aplicar una estética diferente en cada uno de los lugares donde acontece la película, auténtica vuelta al mundo y con ella torrencial viaje de culturas y coloridos diferentes, que también quedan reflejados en la fotografía y en la realización.

    Es una pena que el relato vaya diluyéndose conforme avanza, perdiendo peso y desinflándose, acompañado por una realización que se vuelve rutinaria y poco acertada conforme pasan las secuencias, que termina por no arriesgar en ninguna de sus decisiones y por narrar con abnegada displicencia un filme que requería mantener una gran intensidad en cada secuencia que no es conseguida en su segunda mitad. Remonta justo en la parte final, pero entonces ya es tarde para considerar ‘Silk’ como una obra redonda.

    Actores correctos y algunos personajes discutibles por su poca credibilidad dibujan la geografía de una película romántica y trágica que conforma un atlas visual del mundo grandioso, brillantemente relatado gracias al enorme poder de sus imágenes, y sobre todo, al poder emocional de su música.



Paranoid Park (Gus Van Sant, 2007)


Paranoid

El poder de las imágenes, del cuento sin palabras, es importante en el arte cinematográfico. Más aún en el cine de Gus Van Sant, donde la ausencia de forma que no de fondo, la ausencia narrativa que no ausencia del relato, se vuelven extremas y de un valor conceptual de primera magnitud.

Tras su célebre trilogía sobre la muerte (Gerry, Elephant, Last Days), valiente obra que devuelve al autor a la estela que trazaba al comienzo de su carrera y que ha vuelto a encontrar transformando y cuestionando la narrativa tradicional así como las estructuras clásicas, Van Sant presenta Paranoid Park, un trabajo nuevamente centrado en una observación profunda y directa a la adolescencia y a la introspección del ser humano en su contexto social pero sobre todo educacional.

El ejercicio temporal que plantea Van Sant es tan complejo como brillante, y el orden cronológico, presentado en primera instancia de una aparente forma caótica y torrencial, se va revelando secuencia a secuencia hasta componer un puzzle coherente.

Este ejercicio no sólo desordena y retuerce los hechos hasta impedirnos distinguir su cronología exacta, sino que esa estudiada secuencia de presentación ‘descolocada’ de los acontecimientos pone sorprendentemente de relieve la importancia de cada escena por separado. Sacadas de su contexto temporal, éstas adquieren una dimensión que convierte su independencia en un elemento fundamental para comprender que cada una de las acciones que vive el personaje son acontecimientos que golpean la vida de un adolescente y que vertebran por sí mismas una maravillosa y sugerente historia.

Adolescencia que es tratada con una inusitada ternura, sin contemplaciones ni filtros que censuren la dura y confusa realidad a la que se enfrentan los jóvenes, pero mostrada con indudable afecto, con gran sensibilidad, gran empatía, y un evidente conocimiento de ese mundo, de su contexto, de sus problemas y también de sus posibilidades cinematográficas.

Con un poder de sugestión asombroso, apoyado nuevamente por el mundo adolescente que tanto interesa retratar al director americano, Paranoid Park está llamada a ser la obra más infravalorada de la nueva época de su autor, pues supone una revisión asombrosa de su poder narrativo y un estudio magistral sobre la disolución de la estructura y las herramientas formales para buscar una manera diferente de contar el material del relato, y sin embargo es recibida con frialdad por su similitud estética con sus predecesoras. Estética, que nunca argumental o formal.

Espectacular e hipnótica nueva obra de uno de los autores contemporáneos más importantes. Los pasos de Van Sant son pequeños, muy personales, casi intimistas, pero cada nueva película suya hace avanzar el lenguaje del cine a pasos de gigante, y su cuento sin palabras esta vez vuelve a resquebrajar los cimientos de la estructura tradicional para alumbrarnos el camino hacia el cine del nuevo siglo.



My Blueberry Nights (Wong Kar-Wai, 2007)


Blueberry

 

        El paso de Wong Kar-Wai al star system norteamericano parece haber provocado no pocas decepciones. No se debe olvidar sin embargo que, a pesar de contar ahora con mayor capital y un presupuesto más holgado para sus historias, Kar-Wai sigue tan fiel a sus temáticas como antaño y su problema para construir una historia original tiene más que ver con la obsesión de sus temas recurrentes que con una falta de inspiración creativa.

        Es muy reveladora una de las primeras secuencias, en las que Umebayashi, compositor fetiche del director asiático, acompaña la escena con el tema más reconocible de la filmografía de Kar-Wai recubierto de una nueva instrumentación de cierto sabor ‘americano’. Es ésta toda una declaración de principios: el escenario ha cambiado, la mirada ahora es la de un turista que redescubre los Estados Unidos maravillado por su tamaño y sus formas, pero no han cambiado las formas, ni mucho menos los temas a tratar.

        Con un Darius Khondji en estado de gracia, Kar-Wai realiza su mejor película a nivel estético, obteniendo una profusión de colores en las que éstos se mezclan y contrastan entre sí con una fuerza asombrosa, y a pesar de su evidente exageración de la realidad y las luces de neón, el operador firma una de sus mejores labores como fotógrafo, que no es decir poco.

        Llegamos así a la constatación de dos hechos fundamentales: Kar-Wai ha alcanzado su perfección estética, pero también ha llegado a una saturación de sus temas y de la forma de desarrollar su material. Conocemos cada personaje antes incluso de que llegue a hablar, conocemos el final de cada historia que integra el relato, ya lo hemos visto en muchas otras de sus películas y sabemos cómo acabará cada una de ellas antes de que empiecen. El director no se propone pues, innovar en ningún momento ni reciclarse a sí mismo, simplemente ofrecer otra de sus fábulas románticas, y para ello vuelve a ofrecer su sofisticada e imaginativa puesta en escena, ayudada por esa gran labor en lo estético que le confiere a la película un status superior.

        El relato plantea la historia de búsqueda de identidad de una Norah Jones perdida tras un desengaño amoroso. A partir de ahí, un viaje por América y el encuentro con diferentes personajes ayudarán a la chica a definirse a sí misma, dando la oportunidad al filme de crear un microuniverso particular en el que las distancias quedan relativizadas, como si se tratara más bien de una América soñada, dibujada con trazo grueso y rotuladores de colores, iluminada por las luces de neón de los bares nocturnos y acompañada por las historias trágicas que pueblan esa noche.

        Lástima que en cada uno de esos envites, Norah Jones salga abofeteada por cada actor con el que se cruza. Una hermosa Rachel Welsz en un papel breve pero muy intenso engrandecido por una interpretación prodigiosa, un David Strathairn masacrado por el peinado que le obligan a llevar tanto como por la tragedia obsesiva de su personaje, una Natalie Portman que crece en su poder de creación de personajes pero que no parece haber sabido recrear del todo a esa ludópata desdibujada del guión por un mal desarrollo de su carácter, y un Jude Law familiar y descreído, desengañado pero optimista en la superficie, tal como todos los personajes fuertes que crea el autor asiático.

        Finalmente tenemos un filme de un gran poder de disfrute, en gran medida por la parte estética pues se trata en el fondo de un relato convencional, aderezado con diálogos inspirados en ciertos momentos y algunas secuencias de altura, por encima del resto de la cinta. No puede hablarse en ningún caso de la saturación definitiva del autor: la película corre el camino (si es que llega a estrenarse en España) de convertirse en otra pieza de culto por parte de cierto público, virtud ahora aún más mitómana si se toma en cuenta el peso de las estrellas actorales que aparecen.

        Primera incursión de Wong Kar-Wai en una película puramente americana, hecho que acerca su manera de hacer cine más aún a occidente y lo termina haciendo más accesible, más familiar, para seguir relatando en el fondo sus pasiones románticas y su búsqueda de paz personal a través del desarrollo de desengaños amorosos que terminan sanando. Esperemos que en su próxima aventura escoja a otra protagonista…



Sweeney Todd (Tim Burton, 2007)


Sweeney

        El ritmo de producción de Tim Burton de casi una película por año comienza a pasar factura y a dejar en entredicho la capacidad creativa del director americano.

        Su nuevo filme se apoya en la temática, estructura y desarrollo del musical homónimo, pues su universo y el de Burton convergen de una manera absoluta y el argumento parece ser una más de las historias creadas por él mismo, con sus personajes atormentados, sus calles sombrías y una trama que oscila entre lo macabro, lo fantástico, lo romántico y la confusión entre búsqueda de originalidad y rebuscar cada escenario y personajes hasta convertirlos en histriónicos.

        Con una escenografía imponente y excesiva, tan excesivo y exagerado como el trabajo de Johnny Deep, la película discurre únicamente gracias a la estructura y la música que proviene de su material de partida. Hay sin embargo una aparente total apatía creativa por parte de Burton que parece conducir una narración plana hasta convertirla en rutinaria. Incluso en su forma de tratar el material y exponerlo, el director recurre a muchos de sus trabajos anteriores e intenta integrar lugares ya transitados para componer una recreación sin interés alguno.

        Obviando que la estructura y el argumento del musical es del todo previsible, y que se trata de un espectáculo sangriento que en manos de Burton lo es aún más, no nos queda nada bajo esa superficie. Sólo quedan los decorados, y tras éstos, una escondida nadería que trata de ocultarse bajo una falsa pretensión de entretenimiento que sin embargo se traiciona a sí misma en ese pretencioso plano final, de intenciones épicas y elevadas, nada justo para una película en la que no hay apenas ningún acierto.

        Burton repite concretamente la estética de su estupenda ‘Sleepy Hollow’, hasta el punto de que todo un personaje recuerda al que allí interpretase Cristina Ricci, y también ciertos decorados y secuencias. En definitiva, un reciclaje de sus propuestas poco bienintencionado que desemboca en un filme sin alma alguna, y que incluso delata la poca adecuación fílmica del musical en no pocos de los números que lo integran.

        Lamentable producción arropada por una gran orquesta y un excelente sonido, que resulta ser, de principio a fin, un pastiche de otras obras del director y que ésta vez no le permite alcanzar el éxito, sino que lo delatan como un director con unas ideas desgastadas, disfuncionales y carentes de frescura en una época en la que el cine americano parece apelar a la búsqueda de nuevas formas y lenguajes.

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