Speed Racer (Larry & Andy Wachowski, 2008)


Speed Racer

Después de la trilogía ‘Matrix’ que firmaron los hermanos Wachowski, y de su irregular equilibrio, sus autores parecen haberse desquitado de la presión creativa y de las ambiciones fílmicas rodando lo que parece ser un agradable recuerdo de su infancia: la serie japonesa sobre un portentoso conductor de coches de carreras.


Ahí acaba todo, porque la película, si puede llamarse así, está encaminada a convertirse en el mayor de los absurdos escena tras escena. Está tan confiada de sí misma que no se da cuenta que ha caído en el vacío en el mismo momento de ponerse en pie, con su aparente diseño infantil enfocado a los más pequeños.

Pero ni los más pequeños sabrán apreciar un producto en el que sobresalen las aristas del mal gusto, de lo ridículo, de lo bochornoso, de la falta de imaginación y creatividad en todas las áreas de este filme edulcorado y con pretensiones de divertimento original.

Lamentable producción, en la que tal como en la serie, el espectador termina viendo a un niño y a un mono hablar de tú a tú, y se pregunta qué diablos hace en la sala de cine. Gracias a que no hay una sola palabra malsonante, ningún insulto y ninguna palabrota, sería ya el apocalipsis educacional de nuestros hijos.

La peor película, con gran diferencia, de los últimos años, y una de las peores que jamás ha visto este que suscribe.



Iron Man (Jon Favreau, 2008)


Iron Man

Hollywood vuelve a tomar las franquicias de los superhéroes (incluso las que descartaron con convicción durante su primera oleada) con la intención de sacar todo el jugo posible a los personajes de la Marvel y DC a costa de adaptar las historias de esos superhéroes a guiones cinematográficos.

Si bien en treinta años de cómic Tony Stark nunca tuvo una novia ni pretendiente formal, aquí se sacan de la manga felizmente un romance que parece que ha existido desde siempre, natural como la vida misma. Es de agradecer que ese romance sea encarnado por una Gwyneth Paltrow sorprendida de aparecer en una película de este calibre pero que aporta una gran fuerza a la credibilidad de los personajes.

Y es ahí donde reside, en este sorprendente ‘Iron Man’, la inesperada clave para encontrarnos ante una digna película de acción: la credibilidad de sus actores. Robert Downey Jr. construye la que posiblemente sea la mejor recreación de un superhéroe en la pantalla grande (el personaje de Tony Stark es déspota, cínico, malcriado, triunfador, rico y rozando lo cómico, absolutamente a la medida de Downey Jr.). La fuerza que aportan sus actores principales permite que la película nunca naufrague, y que pueda plantear argumentos que rocen lo absurdo o lo meramente banal.

Como en toda mala adaptación argumental de superhéroes, la película pretende condensar los orígenes de Iron Man y a continuación desarrollar una historia independiente en una hora y media de duración. Este torpe díptico, esta absurda fijación por mostrar los orígenes de los personajes, desemboca en una graciosa paradoja: la intención de mantenerse firmes al material original del cómic, y la imposibilidad de hacerlo al intentar resumir treinta años de historia en treinta minutos de cinta.

Sensacionales efectos especiales, que permanecen al servicio del desarrollo de la historia y nunca se superponen a ésta, son una muestra más de encontrarnos ante una película digna de acción, donde la historia prima sobre las piruetas estéticas. La matizada fotografía también contribuye a crear un halo estético de gran calidad, un maravilloso trabajo de Matthew Libatique. Mala mención merece la banda sonora, que decae en la burda comercialidad combinando con mal gusto temas de rock sureño con temas orquestales sin esencia alguna.

El éxito de esta primera ‘Iron Man’ (ya hay una segunda parte en preproducción) es que se ríe de sí misma, se toma en serio pero nunca permite que sus ambiciones sobrepasen el entretenimiento, y es ahí donde consigue ser una gran cinta de aventuras que sabe asegurar buenos momentos. Con total seguridad, lo mejor que ha dirigido el malogrado Jon Favreau. Que tampoco es decir mucho.


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