Una Palabra Tuya (Ángeles González-Sinde, 2008)


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‘Una Palabra Tuya’ recoge el testigo de algunas de las mejores películas españolas de directores noveles de los últimos años y alarga su discurso con elogiosa convicción. Aunque la película no ha tenido una campaña de promoción a la altura de la belleza de lo que cuenta (que quede patente por el inexistente material de prensa que puede encontrarse sobre ella), su mensaje llega cristalino a aquel espectador que ha tenido la suerte de encontrarla.

 

A partir de la novela homónima de Elvira Lindo, la directora Ángeles González-Sinde elabora una película emotiva y compensada por dos personajes muy diferentes que comparten un universo común por el azar de sus existencias.

 

Malena Alterio encarna a alguien moldeado por sus malas experiencias en la infancia, se muestra agresiva y aprensiva con quienes la rodean y trata de mantenerse a flote a pesar de las dificultades que atraviesa y su soledad apremiante.

 

Esperanza Pedreño encarna otro tipo de soledad, y es una soledad que se lleva con la felicidad que da el tomar la vida con alegría. Su vida es en apariencia mucho más mediocre, pero se aferra a su amiga con afecto incondicional y ayuda a poner en pie algo más grande que ellas mismas y que no alcanza a entender.

 

Las dos actrices encarnan con pasión y garra sus personajes, dos creaciones excelentes que compensan y dan fuerza a una película que sostiene, respira y vive gracias a ellas y a su constante credibilidad.

 

A pesar de las aparentes dificultades presupuestarias que a veces acusa la película, el resultado final ofrece un digno relato de superación personal, amistad infinita y la búsqueda constante de uno mismo en un mundo que aprieta y también ahoga, en situaciones extremas y en personajes también extremos.

 

Su directora maneja la película con la misma convicción con que maneja a sus actrices. El tempo de las secuencias y el desarrollo de la historia es tan adecuado como efectivo, y su mano omnipresente ayuda a conducir algunos de los mejores momentos de la película, momentos de auténtica fuerza cinematográfica, como un maravilloso monólogo de Esperanza Pedreño en la oscuridad de la noche, sincerándose ante una amiga que parece no corresponderle en la misma medida.

 

La falla insalvable de la película queda relejada en la imposibilidad del traspaso de todos los elementos de la novela a la pantalla. El ritmo queda apesadumbrado en numerosas ocasiones para tratar de resolver todas las tramas, y a pesar de utilizar recurrentes flashbacks para presentar el pasado de ambas niñas, la reiteración excesiva de explicaciones y aclaraciones ensombrece tanto el ritmo como la calidad de la película.

 

Una interminable coda final ayuda a arruinar buena parte de los logros del filme, que aún así permite que permanezcan incólumes alguna de sus mejores virtudes: la amistad sin condiciones, el azar de la vida y cómo juega en nuestra contra y nuestro favor al mismo tiempo, todo el sentido que ha perdido la religión en la sociedad contemporánea, el significado de las otras personas en nuestras vidas, la importancia de la valentía, la honestidad, el amor… todo queda maravillosamente reflejado. Y nosotros en ella. 

 

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XXY (Lucía Puenzo, 2007)


XXY

El cine argentino de la última década ha ganado un prestigio que ha ido perdiendo en los últimos años ante la proliferación de nuevas promesas que luego permanecen estancadas. Salvo Lucrecia Martel o Lisandro Alonso, el resto ha quedado en el camino, dejando paso de nuevo a los nombres de siempre en el panorama cinematográfico del país como valores seguros.

El caso de Lucía Puenzo con su XXY es atractivo, no exento de interés en su análisis, y sin embargo también resulta una obra fallida.

La original trama de XXY se centra en un curioso defecto genético que afecta la sexualidad de una adolescente, y por ende a su identidad y su desarrollo personal. La naturalidad (que a veces es crueldad) con que se trata la historia da a entender que las intenciones primeras convertían el argumento en una metáfora sobre la adolescencia y el descubrimiento de la identidad sexual.

Sin embargo, el tratamiento que éste recibe a lo largo de la película ha terminado por dejarla más del lado de lo paranormal y lo escatológico, un expediente X sin resolver, que un problema físico tratado con naturalidad.

Lucía Puenzo maneja la oscuridad y la crudeza como material primigenio para su historia, el desamparo de dos adolescentes que buscan su identidad sexual como modo de encontrar sus lazos afectivos, su vínculo emocional y también a sí mismos. Ese desarrollo, a veces forzado, a veces intrascendente como la vida misma, no resulta equilibrado en pantalla y da lugar a una obra desigual, repleta de aristas.

Aristas que se reflejan en el rostro de un desorientado Ricardo Darín, desorientado como el personaje del padre que no sabe qué hacer con su hija, pero desorientado también como actor, que no sabe qué hacer con el material de su personaje.

La música también resulta fallida, no sólo en sus planteamientos estéticos sino en los lugares en los que está ubicada. Esta parcela narrativa mal encubierta ayuda a que el desarrollo se conforme como un vaivén de situaciones que acontecen una tras otra sin sentido aparente. Y quizás ese era el sentido buscado de esa estructura desdibujada, pero sin duda ésta no funciona en ningún momento.

Buscando esa descarnada realidad hasta el último momento, una resolución cruel exenta de cualquier atisbo de emoción termina por aguar las ambiciones de un filme que se aventuraba muy interesante, con un material de partida muy poderoso y con una autora de gran calibre que esta vez ha naufragado junto con su ambicioso barco.


Street Dance (Jon Chu ,2008)


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Street Dance está llamada a ser la nueva sensación para el público adolescente, de la misma manera que las comedias románticas o el cine de acción está llamado a acaparar otro tipo de público.

La corrección recorre esta película de principio a fin, una corrección que impide a la obra cualquier giro narrativo o desarrollo novedoso. Ninguna arista ni atisbo de originalidad, un desarrollo plano y previsible que discurre ante nuestros ojos sin mayores ambiciones son el primer y segundo plato del menú a degustar.

Una convencional historia de una adolescente que lucha por encontrar su camino vital y profesional ante las dificultades de la aceptación de su grupo de amigos, la formación de uno nuevo y la lucha por mantener sus convicciones e ideales en un contexto absolutamente ‘cool’ liderado por las tendencias del momento son los ingredientes de este blockbuster enfrentado a su condición de caducidad instantánea.

Los malogrados actores están al servicio de una historia marginal que deambula por naderías incontroladas donde lo único llamativo son las malogradas secuencias de baile ensombrecidas por una labor de montaje asesina que es capaz de cercenar la poca inspiración que ya de por sí atesoraba el filme.

El colorido y las situaciones cotidianas entre los adolescentes son los aspectos llamativos que se adivinan como atrayentes de la atención del público al que va dirigido, público que cae indefenso en las garras de una insulsa trama que no cuenta nada y que finalmente roba casi dos horas de sus vidas. Esta operación de anestesiado recibe más tarde el engañoso título de “entretenimiento”.

En definitiva, un pequeño taquillazo dispuesto a engañar a todo aquel que se preste a verla sin conocimiento de causa, una nadería en la que uno se pregunta si la revitalización de las películas de baile de los años ochenta era necesaria, vistos los resultados.


Wall.e (Andrew Stanton, 2008)


Wall.e

Hay un tipo de cine, donde se integra la animación como uno de sus géneros predilectos, en el que muchas barreras de la lógica se rompen y la libertad creativa es aún mayor. Esa libertad es capaz de alumbrar obras con planteamientos extremos, donde tengan lugar ideas cercanas al absurdo o propuestas tan brillantes como radicales.

‘Wall.e’ es uno de los mayores ejemplos de este tipo de cine en esta década propensa a la mediocridad argumental y la apatía a rebasar los límites de lo preestablecido. Que Pixar se haya propuesto hacer la película infantil de ciencia-ficción por excelencia dice mucho del riesgo y de la absoluta genialidad de su equipo creador.

Propone, desde su sobrecogedor comienzo, una odisea apocalíptica ambiciosa y poderosa, sin el uso de la palabra como herramienta, una ausencia total de vida humana y un paisaje desolador que pone de manifiesto la enorme magnitud de sus ideas. En ese marco futurista (y de un realismo que asusta) acontece un sencillo milagro artístico de factura técnica impecable y de alcance monumental.

En un planeta tierra desolado por la contaminación y las radiación sólo quedan los vestigios de la civilización y un único aparato que aún realiza la mecánica tarea para la que fue programado y que parece carecer ya de sentido. Un robot que aún persiste y que termina atesorando en su soledad universal todas las emociones y anhelos de un ser humano.

La historia de ‘Wall.e’ es bien sencilla, y a pesar de ciertos y apreciables errores en algunos aspectos de su narración, habla con gran acierto sobre temas universales y profundos, desde el prisma contradictorio que supone el que los protagonistas sean robots sin emociones personales aparentes:

La capacidad infinita del amor de traspasar fronteras, de unir mundos diferentes, de devolver la vida a una placa de memoria oxidada, de transformar vidas enteras, cómo ese amor obliga a quien lo toma a abandonar todo cuanto conoce, a lanzarse a la aventura de lo desconocido, de la relación donde cada paso es un descubrimiento mutuo.

Cómo la ‘instrucción’ para la que fue creada una máquina es capaz de cambiar. Cómo nuestros sueños y nuestras metas se moldean a través de la relación con los demás, y lo hermoso de que a pesar del cambio, sean los demás quienes nos ayuden a afrontar nuestra meta original, nuestro sueño primero y único.

Cómo el hombre puede perder toda su humanidad y que ésta sólo permanezca en los objetos que hemos creado, que terminan impregnados de nuestra esencia. Que finalmente sea el contacto con ellos lo que nos devuelva esa parte de humanidad que hemos perdido.

Cómo el origen de la vida, la naturaleza, es un bien preciado que debemos conservar, tratándolo como el primer y único eslabón que nos conecta al mundo, un derecho que muchas veces damos por supuesto y somos capaces de olvidar su magnitud. (‘Wall.e’ va más allá del hecho de ser producida en una época en que la temática del medio ambiente vende mucho, sino que trata el tema de una manera universal y de mirada absoluta)

En ese contexto de silencio total, de ausencia de vida, Pixar apuesta por un uso evidente del humor más célebre del cine mudo (Chaplin, Keaton) y reinventa así nuevamente la historia del cine para acercarla a las nuevas generaciones. En ella el cine clásico (también aparecen imágenes de musicales clásicos, un detalle nostálgico que reivindica unos referentes que siguen siendo importantes, digno de aplauso) le da la mano a la tecnología moderna y a un cine que trata de mirar hacia el futuro y que no se detiene.

Llama la atención la convicción de su propuesta y la perfección absoluta en la ejecución, y es que cuando una cucaracha como mascota resulta entrañable, es que algo pasa. El nivel visual de la película es de antología, desde los asombrosos efectos de luz a la pasmosa calidad gestual de unos protagonistas ‘inanimados’, pasando por la maravillosa paleta de colores seleccionada con mimo y pulida con detalle. Destaca la presencia del fotógrafo Roger Deakins como asesor en la tarea de iluminación de toda la película.

No permanecen en armonía con el resto de la película la desafortunada entrada en escena de personas humanas, los ya citados errores narrativos en un guión que a veces toma caminos demasiado evidentes y otros demasiado enfangados, y un Thomas Newman que, en una película muda donde la música debería brillar a un nivel excepcional, vuelve a entregar un trabajo opaco, muy descriptivo y bien orquestado pero sin esencia alguna, muy rítmico como en toda su producción pero, también como de costumbre, carente de sustancia y profundidad.

Pixar da un nuevo (y monstruoso) paso adelante en la creación audiovisual y en la narrativa de la animación infantil para elaborar una fábula con sabor a clásico imperecedero, un cine de planteamientos extremos de espada muy bien afilada, que asume con convicción absoluta sus riesgos y donde el arte brilla en todos los aspectos de las disciplinas creativas. Una joya con pretensiones sencillas pero, al igual que el robot protagonista, que atesora todas las emociones humanas, la película es capaz de atesorar un alcance emocional monumental.

 

* La proyección de ‘Wall.e’ incluye también el cortometraje ‘Presto’, una divertidísima comedia realizada también a un nivel técnico asombroso, una delicatessen muy apropiada para el largometraje que precede.



La Momia: La Tumba del Emperador Dragón (Rob Cohen, 2008)


Mummy3

La Momia 3’ no es la tercera entrega de esta saga interminable que trató de emular a finales de la década pasada y principios de ésta el tono de aventuras y humor de héroes como Indiana Jones y poner de actualidad al mito a través de otros personajes (ese deseo frustrado finalmente ha cobrado vida en la pantalla gracias a Spielberg y a una total ausencia creativa).

Se trata en realidad de la quinta entrega, pues existen de por medio subproductos y tele-series con el universo de la momia como protagonista, toda una franquicia que se ha sabido explotar y dilatar en el tiempo y que vuelve a aflorar ahora en lo que promete no ser la última aventura de sus personajes.

El problema aquí, cosa que no sucedía en las otras, es que amparándose en que los efectos especiales sostengan la película, nadie intenta ir más allá y la apatía se apodera de todos y cada uno de los elementos del filme para abocarlo a una planicie narrativa llena de fuegos artificiales.

Sin embargo lo que promete, lo cumple con creces. Esa pirotecnia parece no ser gratuita y estar siempre al servicio de una historia fantástica que, aunque parezca escrita para (y por) niños, alcanza cotas de una imaginación desbordante que saben convertir en realidad absoluta sus asombrosos efectos visuales.

La aventura intenta trazar un relevo generacional (como ya ocurriera con ‘Indiana Jones’) y traspasar parte del argumento al hijo ejemplar de la familia de héroes. Sin embargo nadie parece estar aquí a la altura de las circunstancias y las lamentables escenas que no son de acción resultan, en el mejor de los casos, escenas de humor.

Lamentable es también la ausencia de Rachel Welsz, única actriz que aportaba cierta dignidad al producto y que aboca a éste a una irremediable mediocridad actoral de la que no escapa ninguno de quienes trabajan en ella.

La Momia 3’ se encuentra a la misma altura que el resto de superproducciones de aventuras de los últimos años, un género que ha conseguido convertir en realidad los mitos más fantásticos e inverosímiles con preciosos trasfondos y sorprender con su realización y factura visual, pero donde la dirección, la historia de sus personajes y sus actuaciones resulta tan falta de credibilidad que ahogan cualquier intento de firmar una película que vaya más allá del mero entretenimiento.


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