Daniel Burman ya ha demostrado de sobra su habilidad para escribir ingeniosas escenas y brillantes momentos de buen cine en un panorama argentino que destaca justo por los valores concretos que tienen sus películas: el reflejo absoluto de la cotidianidad, la identificación absoluta con el protagonista, la sencillez que busca respuestas profundas a través de su desnudez, y un leve tufo a pedantería intelectual disfrazada de un cierto humor.
Burman intenta ir más allá con este nido vacío y consigue algo que pocos autores llegan a manejar en su carrera: mantener un discurso basado en la sencillez y la falta de pretensiones buscando una profundidad mayor en su mensaje y un discurso más denso que de lugar a múltiples lecturas y enriquezca el agumento.
La historia de un matrimonio que afronta la marcha de casa de todos sus hijos es sólo un pretexto, una excusa para llevar de la mano a un espectador que pronto se acomoda a esa vida, se identifica plenamente con un escritor de mediana edad y con sus problemas y fobias personales, las hace suya, se vuelca en ese placentero discurrir que propone el director y, con él, al desarrollo posterior que sea ofrecido.
Cuando uno de los personajes plantea la existencia de una enfermedad neurológica donde el paciente no sabe si sus fantasías son en realidad recuerdos reales del pasado o simple imaginación, la película da un vuelco completo a pesar de continuar el hilo del argumento. La realidad en ese momento se desdibuja y cada nueva escena sugiere, siempre sutilmente, la posibilidad de que sea un simple ‘recuerdo imaginado’.
Burman juega con esta herramienta que él mismo crea y dispone, pero nunca la utiliza a la ligera ni trata de engañar al destinatario del mensaje. La duda que siembra en cada escena enriquece enormemente su discurso y aporta un matiz de irrealidad que consigue que su nueva obra llegue a donde ninguna de sus otras películas sea capaz de llegar: al corazón directo de la energía narrativa donde la realidad se confunde con ficciones que sólo existen en la mente del protagonista y el espectador se vea obligado a construir su propia historia, decidir qué hay de verdad en cada secuencia.
La infidelidad, el miedo a ser engañado, el miedo a engañar, el miedo a fracaso, a la soledad y a los problemas de salud están ahí, presentes en el relato, pero son sólo las tribulaciones de un personaje enfrentado a una disyuntiva mayor: decidir si, a partir de la marcha de sus hijos, su realidad deja de existir para sí mismo y comienza a habitar en un mundo donde las fantasías que imagina son mucho más interesantes que cualquier cosa que pueda vivir a partir de ese momento.
Película de lento transcurrir, de belleza plástica que asombra, pues su cometido es únicamente retratar una realidad cotidiana y poco emocionante, de mensaje sencillo pero profundo, que se escapa entre los dedos al tratar de hilvanar un desarrollo coherente en una historia familiar que se cierra con un hermoso flashback, el último momento de cálida intimidad entre una hija que ya ha decidido marcharse, y un padre que en el momento que habla con ella siente que su hija ya se ha marchado.
Todo lo que vino a partir de entonces fue sólo imaginado, escrito en la libreta de un escritor en constante disputa con la realidad de las cosas? Cuestiones que alejan a la película del cine gratuito de buenos sentimientos y la convierten en una obra superior.
Ben Stiller dirige su segundo largometraje y juega a la impostura humorística en esta parodia no ya del género bélico, sino de la industria hollywoodiense en general.
‘Tropic Thunder’ es una película que ha situado a la crítica en un cuestionamiento personal de las propias herramientas para ser analizada con exactitud. No se trata de una película de humor al uso, no se trata de una crítica seria, no se trata sólo de una sucesión de homenajes en clave de humor a filmes de renombre, ni tampoco una película que se tome en serio a sí misma.
Sin embargo tales planteamientos se antojan demasiado extremos: la película no es más que un nuevo intento de Ben Stiller, esta vez más refinado en su pretensión, de mezclar el humor con la sátira sobre el patético mundo que envuelve a su trabajo diario en una comedia llena de incorrección política.
Incorrección política que se transforma, como en la más común de las comedias de la década, en una sucesión de gags de mal gusto que supone que, por transgresoras, no resultan más sofisticadas y brillantes, sino también más efectivas que la utilización del humor inteligente.
La crítica encubierta dentro de una comedia ligera de mal gusto parece estar diseñada para todo tipo de público. Lo que consigue en realidad es desdibujar ambas intenciones y ofrecer una mala película para quien busque un mensaje inteligente tras la cámara, y una película de humor mediocre para quien busque simplemente la carcajada.
Mucha culpa de esa nefasta consecución de su doble objetivo es atribuible a la puesta en escena de Stiller que, como en su anterior obra, juega a la pirueta de montaje y al encuadre arbitrario, elementos que hacen mucho daño a su narración y a la estética de su producto.
La función la completan unos actores (eso sí) en estado de gracia que resuelven la comedia y sostienen muchos momentos de la película para que ésta no termine de hundirse. Jack Black y Robert Downey Jr. (el personaje de este último es impagable) sobresalen por el resto de un plantel en el que Tom Cruise brilla también con luz propia al aceptar encarnar un papel absolutamente cómico y grotesco que resuelve con sorprendente maestría, a pesar de la limitación de sus gestos.
‘Tropic Thunder’ se queda a medio camino de muchas cosas. Su comienzo parece inteligente y divertido, pero apenas se plantea la premisa dramática y se adivina un argumento absurdo y decadente, la crítica de altura y la película de humor naufragan inevitablemente, tal como hizo ‘Zoolander’.
Se trata, pues, de un actor que desea traspasar las fronteras de su campo de acción y trascender en su ámbito profesional, pero fracasa por su falta de habilidad para hacernos llegar un mensaje sencillo que habita dentro de un complejo mecanismo: el de la superproducción aparatosa y arbitraria donde ninguna idea brillante puede llegar a buen puerto.
El tercer largo de Javier Fesser apunta un cambio notable en el cine de su autor. Un cambio no tanto estilístico como centrado en su temática, en las formas y en el tratamiento narrativo que adquiere una historia basada en hechos reales y que Fesser deforma adaptándolo al prisma de su imaginación, capaz de distorsionar incluso la mayor tragedia y convertirla en un cuento de hadas. Pero no nos engañemos. Camino es, ante todo, una obra perteneciente al cine español más acomodado, ese que se mueve al margen de las tendencias contemporáneas, que no mira más allá de sus propias fronteras sino que sólo atiende a su propio ombligo, centrado en las grandes historias que ocurren en la capital, protagonizado por sus ciudadanos más privilegiados y destinada a ellos mismos. En ese contexto de medios abundantes, donde la tecnología es adecuada, el formato es ideal y todas las áreas artísticas están cubiertas con gran solvencia, la película realizada adquiere un empaque radiante y exitoso. La ingente labor de promoción hace el resto. Aún dentro de esa maraña que envuelve y castiga hoy al cine español, no conviene olvidar que Fesser es un autor total, y su última obra así lo testigua. El director firma el guión de la película y su labor no se detiene ahí. Suyo es también el montaje del filme, un montaje sin aristas que peca a veces de vanidoso al no permitirse dejar en el tintero ninguna de las secuencias y arrastrar a la película a las dos horas y media de duración. Otra cuestión en esta estimulante obra, que ha conseguido al menos despertar cierto debate en torno a ella, es adentrarse en la historia que trata Fesser, que con este tercer largometraje parece querer acercarse al drama humano y lo consigue sin abandonar por el camino muchas de sus “locuras” narrativas que aquí entorpecen el relato, lo alargan inútilmente y agranda demasiado las pretensiones de un filme que de otro modo hubiera tenido una dosis mucho más exacta tanto de contenidos como de metraje final. Cabe preguntarse si la realización de Fesser sobre esta historia de Camino, una niña criada con una familia muy religiosa, que padece una grave enfermedad y que ven en su aplomo una señal de santidad, recibe un tratamiento adecuado. Empezando por una discutible puesta en escena, que juega siempre a la pirueta estilística y al juego de contraposiciones donde el plano bonito cede paso en muchos casos al plano inverosímil. El director parece querer en un principio acercarse a esta historia donde la religión choca con el sufrimiento de la vida real con la mayor objetividad posible. Pronto abandona ese camino, no se sabe si por voluntad propia o por un error en sus planteamientos. La supuesta objetividad con que parecía operar se transforma en efectismo (las escenas de los operatorios, de una dureza muy cuestionable), y tampoco parece creer en sus propios logros, pues pocos autores han conseguido rodar la muerte de una manera tan natural, tan real, y sin embargo confiar tan poco en su propia realización al ofrecer un montaje paralelo con otra línea de acción que debilita la trama principal. Hay otra ingenua salva de guión que pone en peligro todo el edificio, y es esa confusión entre Jesús, el niño del que Camino se ha enamorado, y la figura de Jesucristo. Esa contraposición de un simple nombre y la confusión que genera en los adultos al escuchar hablar a Camino parece querer introducir al espectador en un juego dominado por la impostura y nuevamente el efectismo, y es un lamentable detalle que no funciona en ninguno de los momentos en que es utilizado. Camino queda así convertida en una niña que no sublima la fe, como creen todos los que la rodean, sino la sublimación de un amor que es capaz de colmarlo todo y de darle unas fuerzas sobrehumanas que le ayuden a soportar el proceso de su enfermedad. Y ambos conceptos se confunden, parece querer decir la película, pues fe y amor son, en el fondo último de las cosas, el mismo sentimiento transmutado en alguien que aún no sabe poner en palabras sus sentimientos más profundos. Las desgracias que van sucediendo, la enfermedad de la niña, las desoladoras noticias que hunden a la familia gradualmente sí están tratadas con absoluta fidelidad, con convencimiento extremo. El mensaje sigue siendo ambiguo, pues Fesser quiere tratar todo cuanto ocurre con tanta objetividad que ese enorme y constante subrayado se convierte la mayor forma de subjetivismo posible. El guión pretende que el padre y la madre de Camino constituyan las dos caras morales de quien afronta ese dolor mediante la fe, y quien lo hace mediante la duda. El director, al no quedarse con ninguno de los dos y dejar al espectador que decida su propia manera de creer, desdibuja a ambos personajes y los convierte en meras comparsas de unas actitudes inverosímiles. Personajes, eso sí, valientemente encarnados por un plantel de actores en asombroso estado de gracia (y aquí reside otra gran cualidad de Fesser como director de actores). La gran mayoría de los actores principales raya a gran altura y ayudan a aportar realismo y coherencia a la historia que el director plantea nunca carente de cierta ingenuidad. Ese ‘cine de la ingenuidad’, si puede llamarse así a la fresca y hermosa visión del realizador, no es en absoluto una manera equivocada de ver el cine, sino todo lo contrario. El problema, que es también el interés de la hermosa cinta, es esa confrontación insalvable durante dos horas y media en la que desde ese cine de la ingenuidad se trata de narrar la más desgarradora historia posible.
Desde el comienzo, donde una enorme foto de satélite se acerca al planeta hasta llegar al salón de un despacho, lo que podría entenderse como una visión microscópica del mundo, los hermanos Coen ponen sobre la mesa el mensaje de su nueva propuesta.
Esa visión microscópica que convierte al ser humano en una hormiga es el motor principal de la acción, un argumento absurdo que trenza las acciones de un sinfín de desconocidos y condiciona la vida de todos ellos, tal como la vida misma. El (también incompetente) servicio secreto, que ve puestos en evidencia algunos de sus archivos,contempla asombrado ese choque entre ratas de laboratorio sin saber qué decisiones tomar.
En esa maraña de casualidades y enredos patéticos, los Coen dotan de una idiotez sublime a cada uno de sus personajes. Pero no los condena, como si se hubieran enamorado de todos ellos. Parecen sublimar la idiotez como motor último y primario de nuestra forma de vida caótica, casual y causal, en la que sin ella no nos atreveríamos a trenzar las relaciones que establecemos ni las acciones que decidimos realizar.
Y tampoco caricaturizan a ciertos estratos sociales, como parecen querer decir en ese matrimonio rico que se detesta mutuamente. La caricatura, si acaso lo es, se extiende al mundo entero, pues todos quedamos reflejados de una u otra forma.
Nadie se quiere a si mismo en esta historia, y en ese odio a sí mismo, en ese cúmulo de insatisfacciones y frustraciones, en esas infidelidades que se manifiestan como algo acostumbrado, en esas ansias de encontrar una vida más interesante o conseguir un cuerpo más esbelto, reside ese motor de la ‘idiotez’ que hace que todos persigan un mismo objetivo, que no es otro que una felicidad en sus vidas que no llega, y en la que sus decisiones cada vez los alejan más de conseguirla.
La fotografía naturalista de Lubezki vuelve a asombrar. Su planteamiento estético de luces y sombras, aún lejos del maestro Roger Deakins en el anterior trabajo de los hermanos Coen, conforma una obra lúcida y hermosa. Nadie mejor para fotografiar esos exteriores, esa luz natural que se filtra tras cada árbol y en cada habitación.
Carter Burwell deja su impronta musical en una banda sonora que se centra en repetir los mismos temas centrales una y otra vez, y confrontarlos e hilvanarlos tal como se van enrevesando las vidas de los personajes. Su estilo aquí, fiel a sí mismo, parece querer acercarse al estilo del Philip Glass de la última década para retratar de la misma manera la cualidad de inevitable destino funesto del relato que acompaña.
De entre todas las estrellas que conforman esta historia coral, Brad Pitt sobresale como actor cómico entre todos ellos. La sobreactuación, cercana al histrionismo, que los directores siempre han exigido a todos quienes trabajan con ellos, le sienta muy bien al personaje que encarna (y al actor), y la perfecta ejecución de quien conoce la película y la misión de su personaje supone uno de los mayores alicientes de la película.
Clooney y McDormand también brillan con luz propia, intentando matizar levemente su condición de idiotas irremediables y transportando a sus personajes a un realismo que queda difuminado por un argumento marciano e inconcebible.
Tras haber realizado una de sus obras maestras, ‘No es país para viejos’, los Coen vuelven a lo que mejor saben hacer, esta vez con un lenguaje mucho más accesible y con muchas de sus aristas narrativas pulidas hasta el extremo. ‘Quemar después de leer’ es una de sus historias menos pretenciosas, uno de sus planteamientos más sencillos, y sin embargo es una de sus películas más lúcidas, más abierta y permeable que ninguna otra y mucho más accesible para el gran público.
Producción realizada a tres bandas, en la que tres autores foráneos aterrizan en Tokio y escriben y dirigen una historia situada en la ciudad. Michel Gondry, Leos Carax y Bong Joon-Ho filman su propia visión de la capital nipona. La conjunción de sus historias forman una obra única donde la personalidad de cada uno de los cineastas brilla con luz propia. Llama la atención que ninguno de ellos se centre en el apartado turístico, como si quisieran huir del tópico y retorcer la realidad hasta buscar una historia inverosímil y original, aunque es un hecho que también ha respirado siempre en el cine de los tres y que marca indudablemente sus elecciones a la hora de llevar a cabo este proyecto. Michel Gondry es el único que aborda, en los primeros minutos de su historia, la visión turística de la ciudad por parte de una pareja recién llegada a la capital. La oscuridad, las escenas nocturnas, dominan su relato, y es posiblemente esa visión inhóspita de Tokio la que condiciona su lenguaje narrativo, una suerte de cuento perverso que toma algunas de las formas ya clásicas de Gondry pero que se torna más tenebroso de lo normal. Leos Carax, aparentemente retirado de la escena cinematográfica, muestra aquí sus dotes como autor subversivo e ingobernable con la historia que más encierra dentro de sí. La irrupción en la ciudad de una desagradable criatura surgida de las alcantarillas y que aterroriza a su paso a quien se lleva por delante esconde más que un simple giro cómico y grotesco al filme. La evidencia queda latente cuando vemos que el engendro vive bajo tierra rodeado de las viejas ruinas de las antiguas guerras, símbolo de los errores del pasado histórico del país. Cómo esas viejas heridas salen a la superficie y golpean a sus ciudadanos de hoy, y la imposibilidad de dialogar con ellas, o enfrentarlas sin ánimo de borrarlas, resulta tan imposible como evitar al maligno duendecillo.
Bong Joon-Ho propone la parte más poética y edulcorada: una historia de amor entre un ciudadano que lleva diez años recluido en su propia casa, y una repartidora de pizza que irrumpe sorpresivamente en su vida rutinaria. Cómo el amor le obliga a salir de casa y enfrentar el mundo real para volver a encontrarla, unido a la maravilla visual que propone Joon-Ho en una planificación perfecta, suponen la deliciosa puntilla final a este compendio nipón de impagable factura técnica. La lectura de la cinta va más allá de lo meramente original y la huída consciente de lo más convencional y evidente, y las herramientas que manejan sus autores propone un mensaje bastante más interesante de lo que otras películas que integraban a varios realizadores conjuntos podría aportar. Gondry superpone la angustia de los tiempos de crisis económica a la visión turística azucarada e insustancial de otros cuentos, Carax confronta en forma de monstruosa metáfora un pasado que nunca se afronta y que a veces resurge para hacer daño donde más duele, y Joon-Ho muestra las contradicciones de una ciudad donde el progreso parece marcar una tendencia irrefrenable y sin embargo sus ciudadanos presentan claros desajustes emocionales, personales y sociales. Tríptico de caleidoscópicas visiones artísticas que confronta hermosamente no sólo tres interesantes maneras de acercarse a Tokio y entenderlo, sino también tres formas de entender el cine que dialogan entre sí y que parecen hablarnos finalmente del sencillo placer de hacer y ver cine.
Charlie Kaufman ya demostró su asombrosa imaginería visual, su capacidad para escribir obras cinematográficas de gran calado, profundas y originales, y su control absoluto del arte de la escritura. Algunos de sus guiones, brillantemente dirigidos por sus compañeros de proyectos, forman parte importante de la cultura cinematográfica de las dos últimas décadas.
Ahora se atreve también a dirigir su propia historia, y lo hace con la que sea su obra más ambiciosa, profunda y densa. Su mensaje epopéyico sobre la muerte, a modo de gran ensayo filosófico, entretejido por su acostumbrada estructura fragmentada y caótica y su surrealismo tan integrado en la acción que se reconoce como cotidiano, conforma uno de los argumentos más arriesgados y brillantes de los últimos años.
Consciente de la propia complejidad de su estructura, de la densidad del discurso y del peso dramático de sus propuestas, Kaufman dirige con sobriedad, sin ninguna exhibición tras la cámara ni elecciones arriesgadas en la planificación. Una dirección sutil e invisible que se limita a retratar lo mejor posible el guión y a extraer notables interpretaciones de sus actores del colosal reparto.
No hay que engañarse y obviar las inmensas trampas de su juego narrativo. En Kaufman la construcción inverosímil y pretenciosa es una realidad aplastante que delimita toda su obra a una parcela de irrealidad de la que resulta difícil despojarse. Sin embargo sus fallas intelectuales no son suficientes para impedir el poder sumergirse en su mundo caótico, ordenadamente desestructurado, y maravillarse con sus aciertos.
Se trata pues de un cine puro e irreductible pero también de un cine de extrema independencia, un cine que se sabe único pero que también es consciente de que su soledad se debe a que es consciente de su propia ingenuidad creativa y narrativa, de su gusto por la exhibición literaria y la constante vanidad de su propuesta.
Kaufman deposita en Philip Seymour Hoffman todas sus obsesiones, portadas por un personaje apesadumbrado y solitario que no encuentra la felicidad en su mundo real y trata, mediante una mastodóntica producción teatral, conformar un mundo a su medida donde las cosas resulten tal y como él las imagina.
Según el mundo teatral se vuelve tan grande, desbordante y complejo como el mundo real, ambas realidades se confunden y entretejen, ambas imperfecciones se complementan entre sí y construyen un nuevo y único universo donde conviven conjuntamente ficción y vida real para mayor frustración de su creador.
Demolida la torre de Babel del dios creador que se siente incapaz de construir un mundo perfecto, éste camina frustrado por las ruinas de su propia obra, en una brillante y demoledora reflexión sobre la muerte y el estado de las cosas, cargada de pesimismo pero envuelta en una profundidad poética que resalta las cualidades épicas del relato y sus descomunales pretensiones.
Al final el éxito del discurso es conseguido sólo a medias, pues las aspiraciones desmesuradas de su creador y su intención literaria exhibicionista echan por tierra muchos de sus descubrimientos y éxitos narrativos. El éxito en cuanto a realizar una obra única, capaz de abarcar el mundo, de gran calado y consecuente con la época en que ha sido gestada, sí es absoluto.
El brillante Ensayo sobre la ceguera de José Saramago sirve a Fernando Meirelles para realizar su tercer largometraje y proseguir una carrera cinematográfica tan estimulante como ingobernable. Igual que si se tratara de una pirueta circense, de un “más difícil todavía”, el autor ha traspasado las fronteras del propio lenguaje que buscaba con su cine y busca nuevos horizontes. Ciudad de Dios y El Jardinero Fiel guardaban enormes similitudes en espíritu, en estética y en su fondo, la necesaria revelación de las injusticias en las latitudes de la pobreza extrema. Allá donde la justicia no llegaba parecía querer llegar la cámara de Meirelles para hacer latente aquellas situaciones a los ojos del primer mundo. El director vuelve a cuestionar esos ojos privilegiados del primer mundo, y traslada su cine al primer mundo para demostrar cómo todos aún seguimos ciegos ante lo que sucede a nuestro alrededor. Ha cambiado el paisaje, ha mudado su geografía a un panorama más accesible para el espectador occidental, pero su mensaje en el fondo sigue siendo el mismo. Simplemente ahora cuestiona el otro lado, el de las personas que tienen los recursos pero no vuelcan sus capacidades en favor de quienes las necesitan. Y Meirelles detiene ahí su discurso social y político, pues en su búsqueda de un nuevo cine que le entusiasme y le emocione, encuentra una propuesta que le permite explorar una estética completamente diferente, y encaminar su relato a una sucesión de imágenes que intenten contar ese relato visualmente. Blindness se convierte así en un ejercicio de cinematografía absoluta, donde incluso el argumento es engullido por los retos artístico-estéticos, y el discurso queda fagocitado por la búsqueda de la mejor forma de contar una historia que funciona con inusitada fuerza sobre el papel, pero que sobre la pantalla produce serias dudas acerca de su sostenibilidad. Dueña de un plantel actoral asombroso, resulta lastimoso comprobar que todos los personajes están presos de una carencia absoluta de evolución en sí mismos, y esa cualidad plana que los envuelve arrastra también la narración a un desarrollo ensimismado y lineal, donde el mayor aliciente es apreciar las cualidades visuales y la experimentación que Meirelles realiza sobre el color, la saturación, la ausencia de éste, la sobreexposición, el arte del montaje, la actuación coral y la mano invisible de un director que engañosamente controla todas las parcelas con una maestría espectacular. La película se pone aún más cuesta arriba cuando comienzan los problemas de convivencia en los guetos donde los enfermos han sido recluidos, y consigue redimirse a sí misma en su parte final al volver a encontrar su propio ritmo y lenguaje y abandonar las falsas representaciones de una injusticia social en el microuniverso creado por los enfermos que en la pantalla resulta innecesaria e insustancial. El tercer largo de Meirelles se salda pues acusando a sus dos predecesoras de sus abundantes logros, pues han agotado a un director que busca aquí nuevas formas y maneras de hacer cine. En esa búsqueda encuentra interesantes respuestas, que prometen hacer de él un autor aún más necesario, pero también la historia se resiente al pasar del papel a la pantalla y queda finalmente una enorme descompensación entre lo inerte que resulta el relato y la fuerza imponente de su inmaculado inconformismo estético.
Takashi Miike ya había demostrado que se atrevía con todo, que le daba igual el género que tocase. La última vuelta de tuerca hasta hoy era uno de sus últimos trabajos, ‘Western Django’, donde se atrevió a desafiar los horizontes del western y trasladarlo al imaginario japonés.
En su acostumbrada conjunción de ridiculez estrafalaria y absoluta lucidez, vuelve a retarse a sí mismo y a su audiencia y se sumerge en un vasto argumento científico de una densidad y complejidad mayores que sus anteriores relatos, recubierto de una característica estética que alterna siempre banalidad formal con experimentos subversivos.
A pesar de ese talante serio y esa densidad que parece adueñarse de todo, el director parece ponerse en escena a sí mismo con ese protagonista histriónico y divertido, que desencaja en el resto de quienes aparecen en la función, dibujados con trazos precisos y rodeados de conocimientos del mundo de la física.
Tocadas todas las teorías del origen del mundo, explicado paso a paso su mayor exponente y puestas de relieve las causas que Saruka, la otra protagonista cuya vida dedica a encontrar esa mágica fórmula que permitiría crear un nuevo universo, argumenta para empeñarse en hacerlo realidad a toda costa, el filme deviene en su segunda mitad en la realización de esos hechos, en la demostración empírica de si realmente es posible una nueva creación universal.
Es entonces cuando la ciencia desaparece y el relato se torna en una mera contrarreloj para detener a Saruka, donde todos los personajes intervienen y donde el destino de cada uno es funesto y contradictorio. Esa confrontación entre ambos tonos del filme, esa descompensación está a punto de echar a perder la entidad del filme y su resultado.
En esa resolución final se confrontan todas las dudas del hombre, la existencia e intervención divina en ese proceso, la mano incierta del hombre al tratar de explicar ese origen, esa revelación universal que da paso a la vida.
Y Miike, muy sabiamente, no encuentra mejor forma de explicarlo que con ese silencio marcado al comienzo de la partitura de la quinta sinfonía de Beethoven, el silencio antes de la explosión, un silencio antes de la llamada del destino, una intervención divina que escapa a la concepción humana y que se hunde en el misterio de la creación misma.
Continúa el cine trascendental y psicológico de cierta línea de la reciente industria emergente del cine surcoreano y lo hace con un director de nueva autoría, Juhn Jai-Hong, avalado por la estrecha colaboración con uno de los máximos exponentes de ese cine y de esa geografía, el siempre sobrevalorado Kim Ki-Duk.
En esta su primera película como director, Jai-Hong viene a firmar un guión que adapta (más bien alarga) una historia de quien aquí produce y cumple más que una simple influencia en estilo y forma. El filme es en sí, una extensión del cine de Kim Ki-Duk y por ende, casi puede pasar por una película suya.
‘Casi’, porque a diferencia de Ki-Duk, el debutante Hai-Jong carece de muchos elementos que su maestro sí posee y ya es capaz de dominar.
‘Beautiful’ habla sobre el poder de la belleza, de qué enorme influencia puede ejercer en quien la contempla y de cómo puede castigar a quien la posee. Y una vez tratado ese material, intenta profundizar aún más y arrancar la piel de la obsesión a base de impulsos autodestructivos e introspectivos, nuevamente una marca inconfundible de la casa.
Pero lo hace sin dotar de humanidad a sus personajes, como si éstos fueran simplemente ratas de laboratorio y no poseyeran una vida propia digna y autosuficiente. Jai-Hong se convierte así en un dios creador despiadado que observa, moldea y manipula a su antojo a sus criaturas y luego se despoja de ellas con crueldad. Es en esa deshumanización y en la recreación paroxista de la obsesión donde resulta imposible identificarse con ninguno de los sufridos protagonistas.
La estética y su puesta en escena, presas del estilo surcoreano que ha marcado esta década y también en concreto de nuevo bajo la alargada sombra del maestro, narran a la perfección un relato que rehuye de piruetas narrativas y virtuosismos innecesarios para centrarse en contar lo mejor posible la historia que tienen como material de partida.
A medio caballo entre la ‘nouvelle vague’ francesa y el cine del nuevo milenio, el cine de Kim Ki-Duk (y por ende el de Juhn Jai-Hong) se confirma ya como un modelo de hacer cine muy concreto con medios escasos y resultados siempre sorprendentes y controvertidos. El primer filme de Jai-Hong se muestra así como una despiadada fábula moral acerca de los peligros de la belleza en los tiempos donde la importancia de lo visual yel peso de lo estético lo abarca todo.
El prestigioso director de animación Mamoru Oshii firma con The Sky Crawlers la que posiblemente sea su absoluta obra maestra, con un relato que oscila entre la ciencia-ficción y el relato post-apocalíptico y que encierra un poderoso mensaje político. The Sky Crawlers no versa sobre imponentes máquinas futuristas, sino todo lo contrario: una regresión estética y tecnológica a los vehículos de aviación de la segunda guerra mundial, donde pequeños grupos de combate luchan contra otro grupo en una batalla aérea que parece no tener sentido ni fin. La misma desinformación con que opera el espectador también es portada por los personajes, que ante esa angustia y ese absurdo devenir existencial que padecen han optado por el silencio y el aislamiento. Pronto comienza a revelarse la crudeza del relato, donde todos sufren ese silencio, esa incomprensión y la falta de respuestas que aclaren muchas de las dudas que los castigan día a día. Esa crudeza está revestida en forma de obra de arte. La estética de la película es absolutamente preciosa, y combina en un prodigioso alarde técnico la animación tradicional para ilustrar a las personas y los edificios y la animación por ordenador para las avionetas y los paisajes con gran detalle, animación informática cuidada con especial detalle y gracias a la cual cada escena de combate aéreo es una verdadera delicia visual. Resulta difícil conectar con esa narración dura y solitaria a través de un largo metraje, donde la información del relato se obtiene a cuentagotas y el día cotidiano se hace agónico también para el espectador, experimentando ese silencio, ese aislamiento afectivo y esa apatía ante la vida que hace que todos duden entre desear morir o continuar viviendo/luchando en el aire. Finalmente, el discurso político en forma de moraleja como mensaje global del relato se torna tan poderoso como efectivo. Es en esa triste explicación donde cobran sentido los silencios, donde la tristeza se transforma en desidia. Su mensaje lleno de valor y también de pesimismo esconde en su fondo un fuerte componente optimista. Dentro de esa rutina angustiosa, aprender a vivir las mismas experiencias con otros ojos es también aprender a reconocer la belleza del mundo. Y en ese discurso profundo, envuelto de una belleza plástica sobrecogedora, en esos silencios que quieren contar tanto, en esa búsqueda de sentido existencial que confrontan cada día con la muerte y que les otorga su humanidad, es donde los Sky Crawlers son capaces de sobrevolar todos sus triunfos.