Gordos (Daniel Sánchez Arévalo, 2009)


Gordos

Daniel Sánchez Arévalo tenía el listón muy alto tras su exitosa opera prima, Azul oscuro casi negro, que lo colocó en el punto de mira de las esperanzas de la industria y cuyo segundo trabajo iba a ser enormemente esperado.

Inteligente e incluso visionario, como anunciaba su primer filme, ofrece como segunda obra una comedia más adulta, intentando alejarse del género y tono de su antecesora y evitando así comparaciones directas con aquella.

Gordos es una comedia pura, pero hecha con un estilo muy personal. La fotografía de Juan Carlos Gómez, la opaca pero de nuevo acertada música de Pascal Gaigne y la acostumbrada puesta en escena del director tienen mucho que ver para lograr crear ese tono estilístico que se confirma ya como característico en la obra del realizador.

Se trata, en suma, de una comedia con tintes trágicos, una película que flota alrededor de la caricatura social, pero que a la vez intenta no abandonar nunca la crudeza y el drama propios de la vida real, combinadas ambas a través de unos personajes perfectamente esbozados, llenos de riqueza y matices y tejiendo una interacción entre ellos que potencia sus caracteres y el sentido de historia coral hasta que la simbiosis resulta abrumadora.

Sánchez Arévalo se consagra como un portentoso escritor, ofreciendo un guión cercano a la perfección. Cada personaje es un mundo, un microuniverso, perfilado con finura y detalle y desarrollado hasta sus últimas consecuencias.

La escritura es precisa, los diálogos perfectos. La sensación de lo inevitable, de la pura inercia que arrastra con fuerza el relato, es la razón por la que la película respira absoluta verdad, conjugando el poder de la cinematografía con la sencillez de las cosas cotidianas, convertidas todas en el centro de una trama trenzada y planificada con destreza de escritor perfeccionista.

Resueltas las tramas principales, el autor juega al flashbacks y a los juegos estructurales para conformar la última de sus subtramas, un pequeño juego, una pequeña licencia que se permite y que sienta muy bien a la dinámica de la historia. Ese repentino cambio narrativo resulta refrescante y no desentona en una película que tiene en su guión su mayor tesoro.

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Pero el realizador también se muestra un gran director de actores, extrayendo de cada uno de los miembros del extenso reparto unas actuaciones sorprendentes, espectaculares, llenas de fuerza y de pequeños matices, tales como los detalles implícitos ya en el propio guión. Tal vez el director no sea un gran dominador de la puesta en escena y del lenguaje visual, pero sabe dirigir a sus actores como pocos en el panorama actual, elemento que suma muchos enteros a su película.

Esa gran labor actoral se refuerza por uno de los mejores castings españoles de los últimos años: un soberbio Antonio de la Torre ayudado por un papel magnífico, una Pilar Castro con poco tiempo para lucir su delicioso histrionismo, incluso una Verónica Sánchez que realiza aquí una de sus mejores interpretaciones, y el resto de un reparto redondo (nunca mejor dicho) a la altura de los ya citados.

La película, justo cuando ha alcanzado su cénit y la perfección acecha por todos sus recovecos, se desborda de repente, imperceptiblemente, y la historia se desarrolla durante media hora más, echando a perder buena parte de las virtudes que había acumulado.

El realizador parece notar entonces la presión de una apuesta netamente comercial, y comienza a resolver las historias una por una, siendo siempre explícito y nunca sugerente, sin tregua a la reflexión ni a lo meramente apuntado.

Todo queda entonces evidenciado, no hay lugar para la continuidad o la interpretación subjetiva, y en ese deseo de explicitar todo el contenido es cuando la película dura media hora más de lo necesario y ésta se convierte en una sucesión constante e interminable de epílogos.

Es ésta posiblemente la peor sensación que uno puede tener al contemplar un filme: La certeza de asistir a una película redonda (nunca mejor dicho) que desborda su caudal y despilfarra todo su contenido en apenas unos minutos. Finalmente su verdadera resolución final termina por rayar el absurdo, casi lo ridículo.

Es suficiente un tercio final de esa magnitud para echar a perder una película? Es posible que sí, que los convencionalismos de su cobarde resolución resulten determinantes, pero que este hecho resulte tan frustrante, que uno se lamente tanto de la floja parte final, sólo puede ser la consecuencia natural de que la primera mitad nos regalara momentos del mejor cine posible.


Frozen River (Courtney Hunt, 2008)


Frozen River


Que una película como ‘Frozen River’ vea la luz en nuestro país más de un año después de su estreno, dice mucho del estado de las cosas. Sin embargo, que haya conseguido distribuirse, avalada únicamente por su nominación al oscar, resulta también un dato revelador sobre el tipo de cine independiente que es capaz de instalarse finalmente en nuestras carteleras, y sobre el estado del cine en un aspecto global.

 

Se trata de una película realizada apenas sin presupuesto, de esas en las que su existencia misma es ya un milagro, y que se acoge fervientemente a un mensaje de denuncia social y sentimentalismo fácil para tratar de convencer a su audiencia (y, muy posiblemente, también a quienes la financiaron).

 

Poniendo de relieve no sólo las lagunas legales y la falta de competencia legislativa en la colonia Mohawk junto a la frontera, sino también el deplorable estado de la comunidad que trata de sobrevivir en las cercanías, el filme apunta siempre con miedo y torpeza a la denuncia social más evidente, retratada sin sutilezas pero perdiéndose en su propio discurso al querer señalar a muchos culpables sin atreverse a hacerlo con ninguno.

 

Que la actuación protagonista de Melissa Leo resulte conmovedora, en su papel de madre soltera que debe luchar por sus dos hijos en un territorio hostil,  no es suficiente para sostener un filme que acusa la falta absoluta de una puesta en escena, de una narración que sea capaz de contar algo más allá de los meros hechos que se relatan, y se instala con apatía en el formato del filme televisivo, asumiendo sus enormes limitaciones.

 

La película juega pues al engaño, a la manipulación emocional del espectador justificándose en la ‘sencillez’ de su relato. Lo estéril de su propuesta se manifiesta en la previsibilidad, en su planicie narrativa, en las insulsas interpretaciones del resto del reparto, y en aferrarse sólo en su premisa inicial confiando en que eso la salve de caer en el foso, cuando son evidentes la saturación existente de películas con la misma temática y la imposibilidad de comparar ésta con otras grandes películas del género.

 

Un retrato social de actualidad escrito con precisión, pero arraigado fuertemente a los convencionalismos más previsibles, se revela en suma una cinta innecesaria, en tanto que no cuenta nada más interesante que la propia situación digna de denuncia. Surge la pregunta entonces de si un simple documental no resultaría más acertado. El mero hecho de que se genere esa cuestión constantemente durante el visionado de ‘Frozen River’ delata las cualidades de la película.

 



Malditos Bastardos (Quentin Tarantino, 2009)


Inglorious Basterds


Reescribir la historia. O al menos volver al pasado para fantasear con él a través del cine. Reescribir el cine. O al menos tomar las influencias de otros géneros para utilizarlos en una película nueva que se desligue completamente de esos referentes.

 

Es ésta la apuesta de Tarantino con sus ‘Malditos Bastardos’, servirse de unos acontecimientos históricos para crear su propia fantasía alrededor de ellos. De repente brilla con luz propia el asombroso poder del cine para cambiar, a su manera, el curso de la historia, representado a través de la pantalla sin importar que se trate de una imagen de la realidad o un cuento adolescente que fantasea con cambiar las cosas por puro capricho.

 

Una palabra sobrevuela toda la película y se convierte en el centro temático de ésta: La Venganza. Además a diversas escalas y distintos niveles. Venganza de los personajes judíos frente a los nazis, venganza de los americanos frente a los alemanes, venganza de la historia que se reescribe a sí misma a modo de carcajada, venganza de Tarantino que ridiculiza a todas las personalidades que odia y que aquí retrata con verismo pero también con injuria.

 

El relato por el que discurre esa venganza sobrealimentada camina a través de dos vías muy diferentes, que se entretejen y complementan entre sí: La de un grupo de batalla, cazadores de nazis que cortan la cabellera de sus enemigos, y la de una francesa judía que planea su venganza contra aquellos que asesinaron a sus padres durante la guerra.

 

Ambas líneas de acción construyen su venganza poco a poco, a la manera acostumbrada en la escritura de su autor, a través de largas escenas de diálogo donde no son pocos los momentos de altura en esa escritura maravillosa y donde también se dan cita la épica y la genialidad propia de la obra de un mitómano empedernido.

 

Se trata, pues, de una película que deambula bajo una falsa fantasía argumental. No es sólo esa premisa lo genial de la obra, sino el modo en que el humor transita bajo los poros de todos los momentos del filme y de la confrontación de tres idiomas distintos sin caer en la burla dantesca, ni en la vulgaridad con la que nos castigan últimamente las películas de humor.

 

Es ese equilibrio milagroso, que permanece desde la construcción del guión hasta la puesta en escena, en el que nada parece tomarse en serio, y al mismo tiempo se percibe un convencimiento latente sobre lo que se está narrando, lo que dota cada fotograma de una fuerza asombrosa.

 

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Ayuda mucho la fotografía de Robert Richardson, sobrecogedora y matizada a lo largo de las dos horas y media de metraje, y el casting perfecto de una película con una cantidad de personajes secundarios asombrosa (personajes, a su vez, maravillosamente escritos, y donde se puede encontrar una de las mejores recreaciones de Hitler y Goebbels de la historia del cine, a pesar del tono que toma la película frente a ellos).

 

Otro de los milagros del filme es que cada actor resulte acertado en sus excéntricas creaciones dentro de esa melé de personajes que pueblan la historia. Mélanie Laurent, Brad Pitt, Diane Kruger y, en especial, Christoph Waltz (el general Landa), brillan con luz propia entre el resto del reparto al ofrecer todos unas interpretaciones portentosas. 

 

Tarantino no renuncia nunca a la concepción pulp y serie B de su película, incluso cuando resulta ser una de sus obras mejor realizadas. Toma la música propia del western y su habitual estilo estructural y lo traslada al filme con un descaro y eficacia apabullantes, y de repente aquellos elementos toman aquí otro sentido, reciclados y reutilizados, igual de válidos que ante su cometido original.

 

El director no reinventa el western ni mucho menos. Simplemente toma lo que le sirve de ese género y se lo lleva a una película bélica en la que, en primera instancia, la relación con el western se antoja lejana. Sus acostumbradas transgresiones fílmicas quedan aquí relegadas en la práctica a un segundo plano, lo poco que queda de ellas es una división en capítulos, uno de ellos, eso sí, contado con un caprichoso flashback dentro de un flashback dentro de un flashback

 

Que nadie espere algo que Tarantino no puede ofrecer, pues su película está integrada, una vez más, por los mismos elementos que conviven siempre en su obra. El contexto histórico-político es sólo una excusa para extender su cine un paso más allá. Las interacciones entre dos interlocutores son largas y pausadas, mientras que la híper violencia, también omnipresente en todas sus películas, dura apenas unos segundos.

 

La postergación del clímax, la preparación de los momentos culminantes resulta en ‘Malditos Bastardos’ más extensa y mejor planificada que nunca en el cine de su autor, en una película que no ha sido concebida para todos los paladares. El realizador americano siempre ha sido considerado un director controvertido y es muy probable que en esta obra lleve esa controversia inherente a su personalidad cinematográfica hasta sus últimas consecuencias.

 

Una cinta repleta de humor, de sarcasmo y de muy poco respeto por la historia. Pero repleta también de grandes momentos, de gloriosas escenas, de gestos míticos, de fantásticos diálogos, repleta en definitiva de enormes razones por las que considerarla uno de los mejores filmes del año.

 

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Distrito 9 (Neill Blomkamp, 2009)


Distrito9

Hace bastante tiempo que Hollywood descubrió el enorme poder de atracción que implicaba el incluir el nombre de un gran autor alrededor de la promoción de la película, incluso aunque éste no fuera el realizador del filme y estuviera implicado simplemente en labores de producción.

Este maravilloso arte del engaño a toda costa, que ha tratado siempre de vender los productos más mediocres de autores desconocidos a precio de oro, encuentra uno (y hay cientos) de los ejemplos más devastadores de este tipo de políticas de marketing.

Lo que tenemos ante nosotros es una de las peores películas de ciencia-ficción que ha dado el cine americano en las últimas décadas, y uno de los reclamos comerciales más lamentables de los últimos tiempos.

Utilizando el nombre de Peter Jackson en la producción como gancho, un autor desconocido firma realización y guión de un infumable filme acerca de la convivencia entre alienígenas y humanos tras el aterrizaje de una nave en territorio norteamericano.

El material audiovisual es extenso: los formatos de video, televisión, documental y cine que se alternan con soltura y eficacia ayudan a crear la sensación de realismo, de cercanía y la certeza narrativa de que todo lo que ocurre sucede en tiempo real. La magia de unos asombrosos efectos especiales que le otorgan una enorme potencia visual a Distrito 9 ayuda a fortalecer esa sensación de realismo.

No es la técnica sin embargo lo que hace que la película sea totalmente intrascendente.
La cinta comienza con una interesante trama en la que se plantean hipótesis muy razonables acerca de lo que ocurriría si una nave espacial aterrizara en el planeta tierra y de cómo reaccionarían los humanos.

Sin embargo esa premisa, cuando menos curiosa y no carente de interés, se desinfla apenas pasados unos minutos y pronto desvela sus verdaderas intenciones: la de una película de acción con un desarrollo infantilizado y ridículo hasta la médula.

No es la primera vez, ni sera la última, que las distribuidoras castigan el desconocimiento del público con este tipo de reclamo comercial. Lo importante es aprender a distinguir este tipo de engaños y, con suerte, mantenerse lo más alejado posible de ellos.


Agallas (Samuel Martín Mateos, Andrés Luque Pérez, 2009)


Agallas


En el cine español existe cierto tipo de películas de género que tratan de emular a las grandes producciones americanas en su forma y en su ejecución, sin tener muy claras en qué consisten realmente ambas cosas.

 

La ingenuidad con que están realizados estos productos, que radica principalmente en su incapacidad para sostener con eficacia los modelos en los que se basa, termina por convertir la película en una mala copia de sus referentes.

 

‘Agallas’ es uno de esos resultados, que empiezan a contarse por centenares, y que se convierten por derecho propio en una de las razones más tangibles para comprender la situación actual del cine español.

 

Ni Hugo Silva, protagonista absoluto, ni la fortalecedora presencia de Carmelo Gómez, consiguen sostener un mal argumento alrededor del mundo de la mafia en la costa gallega, plagado de los tópicos del género y cercano a la ridiculez en buena parte del desarrollo de la trama.

 

Interesa en gran medida la capacidad técnica y los generosos medios en los que se desenvuelve la acción, por muy incapaz que ésta sea de desligarse de las ataduras de su torpeza narrativa.

 

Interesan la fotografía y el trabajo de los actores, envueltos en la vacuidad de un argumento banal, en el constante quiero y no puedo de una película que no les permite salir de unos personajes estereotipados.

 

Ver cómo sus creaciones sobresalen de entre la mediocridad del producto final es el último aliciente que le queda al filme, cuando todas sus cartas han sido puestas sobre la mesa y se delata finalmente, circulando a la deriva por los derroteros más acostumbrados de las malas películas de género con la única pretensión de emularlas.



Qué les pasa a los hombres? (Ken Kwapis, 2009)


Quelespasa


La comedia romántica posiblemente sea el género que más bebe de las modas del momento, de las coyunturas y de los tiempos en que sale al mercado, quizás por aquello de hacer sentir dentro de la historia de la manera más burda y torpe posible al espectador medio que acude a ver este tipo de películas.

 

Ellas no se basan en el entretenimiento ni en contar una historia, sino en el engaño. Se basan en dar a sus espectadoras, pues normalmente se trata de un corte femenino, todo aquello que desean oír y ver, transformando los estereotipos en una norma común que nosotros aceptamos y asumimos con apatía y un conformismo preocupante.

 

Nunca dialogan con el cine, ni con su pasado ni con su presente, el único diálogo es la presión silente que genera en el espectador en la que éste debe sentirse obligado a asumir que lo que ocurre en la pantalla debe ocurrir también en su vida de cualquier manera. No tienen ninguna proyección en el arte ni en el propio medio cinematográfico, y como tales, su fecha de caducidad es exactamente la misma que la que anuncia su estreno.

 

‘Qué les pasa a los hombres’ (titulada en realidad ‘He`s just not that into you’, mucho más fiel a las intenciones del filme) atesora todos los defectos y contradicciones de un género que acusa una saturación excesiva y una repetición de su fórmula que ha terminado por hacerla cansina. La trama intenta emular el éxito mediático que supuso la comedia inglesa ‘Love Actually’, que ya era en sí misma un despropósito argumental repleto de efectismos baratos. Que esta cinta americana evoque evidentes resonancias con ese modelo dice mucho de la propuesta.

 

Rodada como si se tratara de una tele serie al uso más, pero con actores de primera línea, termina cayendo en los tópicos con más facilidad de la que cree, a pesar de sus loables esfuerzos por conseguir lo contrario.

 

Esfuerzos que se ven reflejados en una historia que, como material de partida, muestra ya claros signos de tragedia y drama en cada uno de sus personajes, tratando de alcanzar un realismo que contrasta luego con sus mensajes ambiguos y su traza desdibujada y cursi.

 

Ambigua puede que sea la mejor palabra para esta cinta, en la que no sólo su mensaje es poco comprometido sino también la moral de sus personajes. La resolución de las diversas historias y la pretenciosa intención de mostrar todos los tipos de relación amorosa posibles también están teñidos de esa falta de compromiso y coherencia que castiga a toda la película.

 

Sensacional plantel actoral para un reparto coral que no aprovecha bien el trabajo de sus actores, pues los personajes están escritos de manera plana y sin relieve alguno. Bien es cierto que una espléndida Jennifer Connelly llena la pantalla de una gran intensidad interpretativa cuando aparece, pero la pantalla vuelve a ensombrecerse de mediocridad cuando la copan Scarlett Johansson o Drew Barrymore (también productora de la cinta), sin mentar a la lamentable actriz principal, capaz de reunir en su actuación y en su personaje todos los tópicos del género posibles.

 

Secuencias aisladas interesantes y algunas actuaciones brillantes, aderezadas con el intento de obtener una comedia romántica de tintes dramáticos y con algunas novedades en el género, no son suficientes para sostener una película que se sabe fallida desde el primer momento, que no es capaz de combatir su tono mediocre y de sofisticación sólo aparente y se abandona con apatía y descaro a escarbar en los lugares comunes de todas las comedias románticas de los últimos tiempos.

 



Monstruos contra Alienígenas (Rob Letterman, Conrad Vernon, 2009)


Monstruos Alienigenas


Hace tiempo que en Hollywood se instauró la serie B dentro de las grandes superproducciones como uno de los pocos géneros de masas aún capaz de llenar las arcas de la industria.

 

La llegada del sistema 3D a las grandes salas, una más de las supuestas políticas anti-piratería para que acudir al cine siga resultando estimulante para el espectador medio, ha traído más que nunca a la actualidad este tipo de producciones.

 

La primera propuesta infantil de DreamWorks para este formato homenajea con descaro esas producciones de los años 50 con grandes monstruos y diseños muy primitivos, acción a raudales y argumentos disparatados. El espectáculo de masas sigue siendo, en definitiva, el mismo desde aquel entonces, y el homenaje nostálgico se vuelve alentador por momentos, en tanto que el tono de comedia y la brillantez en los diálogos aporta frescura a ese modelo de cine arcaico y en desuso.

 

Que nadie espere una película de animación por ordenador al uso de gran nivel a los que las majors nos han acostumbrado en los últimos tiempos. Se trata de una cinta con un marcado toque infantil, un argumento convencional y las ansias puras de entretener y arrancar carcajadas. Su falta de pretensión y su frescura constante ayudan a que transitar por su previsible historia resulte muy placentero.

 

No se trata solamente de un simple homenaje al cine de bajo presupuesto y grandes monstruos, se trata de una broma casi macabra: el contemplar cómo en tiempos de crisis la serie B se adueña de la industria del cine y, a falta de ninguna otra idea, se convierte en la mejor opción argumental para encontrar ideas frescas, divertidas y, aunque parezca lo contrario, originales.


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