Ya he llegado. Por fin estoy aquí.
La habitación es diminuta. Mi cama en el lado derecho, pegada a la pared, una mesa de escritorio en la pared izquierda, un pequeño armario empotrado junto a la entrada, y frente a ésta, un enorme ventanal. Me acuerdo de repente de ‘El Club de los Poetas Muertos’, de Peter Weir. Se parece mucho a aquella estampa.
Pongo la maleta sobre la cama. He traído una sola maleta, una bolsa de viaje bastante pequeña. He visto a algunas chicas con varios bultos y puedo sentir cómo aquí dentro tampoco voy a encajar.
En el bolsillo traigo las medicinas, y una receta para obtener nuevas. No me atrevía a dejarlas dentro de la bolsa, me daba miedo.Por ahora las tomo y estoy tranquilo.
Y entonces me tumbo sobre la cama, y me echo a llorar. No sé bien por qué, pero lloro durante una hora larga, una hora que me parece interminable.
No quería venir aquí. Quería marcharme de casa, pero no quería estar aquí, en otro lugar en el que me siento ajeno. No quiero dejar de ver a mis padres. No quiero echar tanto de menos…
Me ha tocado la habitación 111. Me acuerdo de mi cumpleaños, once de enero, y me acuerdo de mi sonata de piano favorita, la número 32 de Beethoven. No puede ser casualidad. Desde luego es el destino.
Si la habitación lleva el número de mi cumpleaños inscrito en ella, y coincide con el opus 111 de Beethoven, entonces es que me está llamando a hacer grandes cosas en este lugar.
Ella me ayudará, será mi aliada. Me refugiaré en ella cuando me sienta mal, como hoy, en la llegada. Qué solo me siento! Qué solo me siento…