Preparando algunas cosas


Me han engañado.  No se trata de ningún taller de cine. Aquí no hay nadie. Veo a chicas sacando una cama al pasillo, a alguien quejarse por el color de las paredes, y yo en medio de ese caos, de chillidos y de malentendidos en los que cada persona intenta construir su propio terreno personal en medio de esta jungla académica.

Pero no hay ningún alumno de cine. La asignatura que me habían permitido dar seguramente fuera sólo una tapadera, posiblemente arreglada con mis padres, para yo poder venir aquí con algún aliciente. Pero no hay nadie apuntado. La gente ni siquiera sabe que esa aula existe.

Anoche, preparando algunas cosas, coloqué el proyector y ordené parte del material que me había traído en mi bolsa de viaje. Es poco por lo pronto, pero creo que ya no va a hacer nada de eso, salvo para mí mismo.

Encontré la copia que traje de ‘El Cant dels Ocells’ y me puse a verla allí, en medio del silencio de esta aula tan pequeña. Al rato alguien entró y preguntó si podía ver la película. Yo asentí.

Y una vez más, como la primera vez, volví a regocijarme en sus imágenes, y a imbuirme en aquella maravillosa película.

Creo que ese al menos es un buen triunfo por lo pronto, que alguien haya descubierto la sala y se haya sentado allí a ver una película desconocida. Eso me hizo sentir menos solo.

Cuando me iba a la cama, después de haber apagado todo, escuché el sonido apagado de un violoncello, proveniente de la planta baja.

Sonaba Bach, con un sonido aterciopelado y mágico. Aquel sonido ha sido lo único que me ha calmado desde que estoy aquí. Cuando vea a quien lo tocaba, cuando lo conozca por fin, se lo diré. Y le daré las gracias.


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