Anoche no pude pegar ojo. Estaba inquieto en la cama pensando lo que me depararía el día siguiente. Más personas a las que conocer y nuevas experiencias. Eran ya las dos de la madrugada y no tenía sueño, así que opté por dar una vuelta por la residencia. Comencé a andar sin un rumbo fijo, los pasillos estaban desiertos y oscuros sólo iluminados por las luces de emergencia y pude escuchar a lo lejos una música muy tenue. Bajé las escaleras intentando buscar de dónde procedía y a medida que me acercaba iba identificando aquellas notas. Se trataba del preludio de la suite nº1 para cello de Bach y me pregunté quién estaría escuchándolo a horas tan intempestivas.
La música provenía del gimnasio y al llegar a la puerta vi que una chica danzaba al son de la melodía. Estaba prácticamente a oscuras y sus movimientos se acoplaban armoniosamente a cada una de las notas. Me quedé allí parado sin poder apartar la vista de ella, sintiéndome un intruso, pero decidí quedarme hasta que acabara. Al terminar la pieza se quedó tumbada en el suelo y para mi sorpresa me preguntó: ¿Te ha gustado? Había reparado en mi presencia, lo cual me hizo sentir menos incómodo: me ha encantado, respondí. Yo tampoco podía dormir y bailar me relaja, mi nombre es Zoe, me dijo, mientras se incorporaba dándome la mano.
Nos sentamos a hablar en un rellano de las escaleras y me contó que había llegado esa misma tarde y que yo era el primero al que conocía en la residencia. Me habló de su pasión por la pintura y sacó de una carpeta algunas de sus obras. Me gustó el uso que hacía de los colores, los combinaba en tonos muy vivos y luminosos que transmitían una sensación cálida y agradable. Le dije que me haría mucha ilusión tener uno de sus cuadros colgado en mi habitación para mirarlo en noches de insomnio como esta y me respondió, sonriendo, que se lo pensaría.
Sin darnos cuenta se nos habían pasado las horas y el día empezaba a clarear, por lo que nos retiramos cada uno a nuestra habitación para intentar dormir un poco.