Abre la puerta

Esta tarde, un chico me detuvo mientras caminaba por el pasillo de la planta baja y me felicitó por la sesión de cine de la noche anterior. Decía que estaba muy contento por haber visto aquella película y por la experiencia que habíamos tenido juntos mientras la proyectábamos.

Los alumnos no llevan muy bien esa política de no permitir las salidas durante la semana a sus estudiantes, y parece ser que la experiencia cinéfila, tan ajena a la monotonía habitual de la facultad,  había sido un aliciente para todos aquellos chicos.

Cuando regresé a mi habitación y comencé a ordenar cosas, apareció Dorothy, agitada y asustada. Necesitaba ayuda urgente y con la primera habitación con la que se encontró fue con la mía.

Mientras me reconducía por la residencia, me explicaba que alguien se había quedado encerrado en su habitación durante casi una semana y nadie se había dado cuenta. Le hacían falta otras dos manos para forzar la puerta e intentar rescatar a quien se hallaba preso en su interior.

Cuando llegamos a la habitación cerrada, ella tomó una barra de hierro, con la que ya había estado forcejeando a juzgar por la madera astillada del borde de la puerta.

Estuvimos largo rato empujando aquella puerta, de mil maneras posibles. En ese momento apareció Elisa y su eterno compañero, que miraron asustados aquel inquietante cuadro escénico. El chico se apresuró a ayudarme tirando también de la puerta como podía, y Dorothy cedió la barra a Elisa, que intentó forzar también la cerradura.

Finalmente, la puerta cedió y el pomo de la puerta se partió por la mitad. La puerta quedó entonces abierta y se ladeó levemente al caer con violencia una de sus bisagras.

Fui el único en entrar, los demás se quedaron observándome, junto a la puerta. En el interior de la habitación había un hombre tumbado sobre la cama, lleno de sudor y con mal aspecto.

Las paredes estaban cubiertas de pintura fresca, y en el suelo había pequeños botes de diferentes colores y una brocha de gran tamaño. El hombre había pintado lo que parecían innumerables tejados de edificios, simulando una gran ciudad, y había pintado gatos en algunas de aquellas fachadas.

En otras paredes del dibujo, ausentes de animales, había bocetos de las caras de personajes famosos: Luis Buñuel, Dalí, Cervantes… incluso reconocí la obra de los relojes de Dalí boceteado en uno de los tejados.

Había una barra de pan y una bota de vino en una de las esquinas, adornados con unos molinos quijotescos sobre la pared. La habitación entera era un enorme mosaico cultural.

Dorothy entró y revolvió la mesa. Había un libro escrito a modo de diario, narrando cómo el hombre creía haber salido de la residencia y haber vivido todas aquellas experiencias en la calle.

Me acerqué a él. Estaba empapado en sudor, como si tuviese fiebre. Le quité el sudor de la frente y entonces lo reconocí. Lo había visto alguna vez en mi seminario, viendo alguna de las películas que había proyectado. Era Leopoldo.

Traté de despertarlo y entonces, mientras le ayudaba a incorporarse, intenté explicarle lo que había ocurrido, de la mejor manera posible.


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