El ingenioso hidalgo

-         A fe mía querido Sancho, que esas bestias de hierro que con tal vehemencia me han embestido, parecían escupidas por la misma boca del infierno.

-         Pero cómo se os ocurre mi señor plantaros en batalla tan desigual, ¿no vió su merced la velocidad a la que rodaban esos extraños ingenios? Mirad como habéis quedado después de tan brutal atropello, que yo no creo que haya bálsamo de Fierabrás capaz de  rehacer tamaña descoyuntura.

-         No temáis por mí amigo Sancho, que en este castillo hallaré el reposo que mis huesos necesitan, pues si de algo estoy seguro es de que aquí mora gente noble y de bien y sabrán procurarme los cuidados que mi pronta recuperación exige. Pues has de saber Sancho, que esta va a ser la más singular de las hazañas a las que caballero andante haya sido llamado. Ese ejército que has visto doblegarme ahí fuera, es el más eficaz y mortífero de los que en el mundo han sido. No soy capaz de traer a mi mente otro que a lo largo de la historia pueda igualársele, ni siquiera el del cartaginés Aníbal con sus manadas de elefantes cuando invadió las Galias.

-         ¿Y no será mi señor, que nuestro querido padre don Miguel ha errado sus cálculos y nos ha hecho partícipes de esta aventura en un tiempo que aún no nos corresponde? Pues a decir verdad, y disculpe usted mi ignorancia, de todo lo que mis cansados ojos han podido ver en esta villa, créame que nunca hasta hoy había tenido noticia y no me parece castillo este lugar en que hemos sido alojados, sino más bien residencia de estudiantes por lo que mis pocas entendederas han podido ir juntando. 

-         Sancho, amigo, empiezo a considerar seriamente la triste posibilidad de que todas estas andanzas te hayan nublado definitivamente el juicio. Descansa, mi fiel escudero, que yo velaré durante la noche mientras me encomiendo a Dios y a la sin par Dulcinea, y así, pensando en la fidelidad que le debo, encontraré el consuelo y el valor que requiere esta última y crucial batalla, a la que habré de enfrentarme apenas despunten las primeras luces del alba.


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