Ayer tuve la peor noche desde que llegué aquí. No paré de sudar, no podía estarme quieto en la cama, era incapaz de cerrar los ojos sin sentir el corazón acelerado, tanto que llegué a asustarme en varias ocasiones. Eso hizo aún más angustioso e imposible el intento de dormir.
La cabeza me dolía, como si algo tirase dentro de mí con unos hilos invisibles, me tiraba hacia atrás e intentaba que dejase de ser dueño de mí mismo.
El insomnio y el miedo empezaron a hacerse compañía y fue cuando la noche comenzó a ser insoportable, inaguantable, infinita.
Me di una ducha, que vi como último remedio para calmarme un poco. Al salir ya había amanecido, y convine en que ya era inútil seguir intentando dormir. Me vestí y bajé a la cafetería que ya había retomado su actividad diaria.
Estar en mi estado, además de no haber dormido en absoluto, es algo inexplicable. Nunca he estado borracho, así que no puedo decir si se trata de algo parecido a una enorme resaca, pero dudo que se le parezca. Es algo más bien como si estuvieses viendo tu vida a través de un televisor, como si tu cuerpo ya no te perteneciera, y tener la sensación de que todo irá a peor.
Cuando me senté en la mesa, con la cafetería vacía, no me esperaba que una horda de estudiantes asediara el lugar de manera repentina. Eran las siete de la mañana y las pocas mesas libres que hay habilitadas pronto estuvieron ocupadas.
Mientras pasaba la mañana, nunca dispuse los ojos en atención a la mesa que se encontraba justo frente a mí. Pero cuando se levantó, me fijé en ella por fin. Por fin, por primera vez, finalmente. Jamás me olvidaré de ese momento.
Por fin, por primera vez, finalmente. Se levantó y la vi, con su coleta accidentada y sus ojos enormes que se entrecruzaron con los míos por un momento. Enseguida lo vi: un enorme “1″ de color blanco en su ceñida camiseta azul marina, apuntando hacia mí como si un cartel luminoso tratase de advertirme de algo.
Y entonces siguió su camino, con ese andar tan peculiar, un andar que podría reunir tantos adjetivos… gracioso, tierno, bonito, divertido, sensual, apocalíptico, absorbente, fascinante. Ya no podría olvidarlo durante todo el día, y aún ahora lo recuerdo como si acabara de suceder. Sucedió por fin, por primera vez, finalmente. La encontré. Qué criatura tan preciosa, tan perfecta, tan maravillosa había estado frente a mí sin que yo, imbécil de mí, me hubiera parado a observarla durante largo rato, que era justo lo que me hubiese gustado hacer.
Y entonces, llegó hasta el final del pasillo donde termina la cafetería y empieza la recepción, y allí estaba: el violoncello, con la funda que había visto en la segunda planta. Lo tomó en sus brazos y se lo sujetó a los hombros como una mochila. Y se marchó de allí, sin dejar rastro. Sus dos amigas permanecieron junto a mi mesa, pero no hablaron en ningún momento de nada con lo que pudiese saber más sobre ella.
Sólo sabía que era la tercera vez, la tercera señal. Había visto un “1″ durante el partido de fútbol, luego un “1″ en el televisor de mi aula, y ahora un último “1″ en la camiseta de ella. (En la camiseta de Ella, se me llena la boca al decirlo)
De nuevo el 111 vuelve a aparecer, y esta vez creo que finalmente es la señal que cierra el círculo de casualidades discontinuas y de encontronazos fortuitos, el 111 que se expresaba continuamente quería indicarme que pasaría todo ésto, que el tercer uno sería ella, y que sería ella a quien debería seguir. (El tercer uno sería Ella, se me llena la boca al decirlo). Es ella, por fin.
Me duele la cabeza. Me duele mucho la cabeza. Subo las escaleras como puedo. Rrrrrr… Me duele mucho la cabeza. Rrrrrr… Intentaré dormir. Rrrrrr… No puedo más con mi … con mi … con mi cabeza.