LA METAMORFOSIS
Se despertó convertido en Gregorio Samsa. Los rayos de sol que se colaban por la ventana iluminaban toda la habitación y sin embargo no sintió la necesidad de esconderse en la penumbra. Una sucesión de imágenes inconexas acompañadas por sentimientos hasta ahora desconocidos acudieron a su mente. Observó su cuerpo extrañado. Sus seis patas se habían convertido en dos pares de extremidades de diferente longitud y grosor. Se levantó de la cama sobre las dos inferiores y quedó erguido sobre el suelo. Le sorprendió poder mantener el equilibrio en aquella postura. Sus pasos eran pesados y sintió el impulso de tumbarse. Pero algo en su interior le impedía hacerlo. Tenía hambre. De la habitación contigua provenían voces que le resultaron familiares y abrió la puerta.
Sentados a la mesa tres seres de su mismo aspecto lo miraron sonrientes. Una sensación de miedo se apoderó de él y corrió otra vez hacia la habitación. Su instinto le impelía a ponerse a salvo y se escondió bajo la cama. Una de las mujeres, la mayor, fue en su busca y arrodillada ante la cama le preguntó si se encontraba mal. Para su completa confusión aquella voz lo tranquilizó, pero no podía dejar de percibir una señal de amenaza. Asustado asomó la cabeza y la mujer lo acarició mientras le invitaba a salir de su escondrijo. De su boca salió un sonido: –madre-, y de alguna manera que no podía explicarse entendió su significado. Se dejó llevar por ella y se sentó a la mesa. Entonces comenzó a hablar el hombre:
- Hijo, debes sobreponerte, recuerda que hoy tienes que hacer varias visitas importantes. Ya sé que estás cansado pero uno no puede faltar a sus obligaciones. Desayuna y date prisa o perderás el tren de las siete.
Sintió un odio visceral contra el hombre que así le hablaba, pero un nuevo instinto acudió a su mente para recordarle que debía mostrar sumisión y respeto hacia aquel ser abominable. La otra mujer, más joven, se levantó de la silla y lo besó en el rostro:
- Vamos Gregorio seguramente has tenido un mal sueño y por eso te has levantado asustado, ya verás que pronto se te pasa.
Los restos de saliva que la muchacha había dejado en su cara le repugnaron, pero sin embargo le embargó un sentimiento de alivio y de confianza hacia ella.
Los alimentos que había en la mesa le parecieron apetitosos y pudo vencer su inicial atracción a los restos que vio esparcidos por el suelo. El padre también se levantó de la mesa y le dio unas palmaditas en el hombro, retirándose a su habitación.
Se quedó solo en el comedor, observando su nueva forma. El miedo se iba atenuando y una ira, un odio incontrolado, iba abriéndose paso en su interior. Definitivamente algo había cambiado en su condición, comenzaba a notar una insólita seguridad en sí mismo e iba tomando conciencia de su enorme poder. Hasta ahora siempre había permanecido oculto en la oscuridad, siempre alerta de la amenaza que entrañaban los demás seres distintos a su especie. Pero ahora había dejado de ser un insecto y pertenecía a una raza superior. Dominado por un deseo de exterminio que lo atraía poderosamente y por una sed insaciable de venganza, observó el cuchillo que estaba sobre la mesa y pensó que con eso sería suficiente. Deseaba acabar primero con el hombre que le había llamado hijo y luego con las mujeres que le habían dado aquellas innecesarias muestras de cariño.
Comenzó a avanzar por el pasillo y una mezcla de emociones invadieron su cuerpo. Por primera vez vio que sudaba, transpirando por todos los poros de su nueva piel, le dolía el estómago como si le estuvieran clavando dentro un millón de agujas. Descubrió el placer que se abría paso a través de su angustia. Sus manos temblaban y parecían perder fuerza.
Por fin llegó a la puerta. El hombre estaba de espaldas tumbado en su sofá. Empuñó bien el arma que se le resbalaba con el sudor de las manos y de pronto escuchó un chillido. Era la mujer mayor que gritaba al otro extremo del pasillo. El hombre dio un brinco incorporándose y entonces pudo reconocerse en aquellos ojos aterrados. Ya no lo miraban como a uno más de su especie, de nuevo era mirado como un bicho y volvió a sentir el miedo y la inferioridad. Soltó el cuchillo y se tiró al suelo emprendiendo una huída desesperada y, cuando estaba a punto de alcanzar la salida, vio ante él a la mujer joven que en un rápido movimiento lo aplastó con su zapato hasta quitarle el último aliento.