Un Nuevo Mundo

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La hora había llegado, era el momento de proyectar la película.

Terrence Malick, y su incomprendida ‘El Nuevo Mundo’, de 2005, esperaban dentro del proyector, volcada en imágenes en la pared.

Yo mismo detesté durante años esta película. Hasta que aprendí a mirarla con otros ojos y enconces descubrí cosas maravillosas en ella. Quería intentar que la gente que me acompañase tuviera aquella misma experiencia.

Por la tarde había pedido a mi profesor de Diversificación de la subnormalidad que me prestase los cojines y las colchonetas que él tiene en su clase. A veces los alumnos de sus clases, ante la impotencia que sienten por lo que él cuenta, agarran un cojín y lo muerden, o golpean el suelo con él, o mil cosas más.

Esta noche había bastante gente en mi seminario, más de la que podía esperar. Les pedí a todos que rodasen las sillas y las mesas. Entonces pusimos las colchonetas y los cojines en el suelo, y nos tumbamos todos juntos allí.

Les pedí que se relajaran, que respirasen profundamente, que adecuasen su respiración al ritmo de la película. Que olvidaran las narraciones convencionales, que aceptaran la ausencia total de argumento, y que se centrasen en los pequeños detalles. Alguien que talla un trozo de madera, una caricia, el aprender una palabra nueva, los sonidos de la naturaleza, y un sinfín de detalles más.

Cuando empezaron las primeras imágenes, no se escuchaba nada. Sólo el murmullo de los pájaros, al otro lado de la pantalla. Terrence Malick es un enamorado de la naturaleza. Su principal trabajo y afición no es en realidad el cine, sino estudiar y catalogar a los pájaros. Dedica gran parte de su vida al contacto con la naturaleza, a disfrutar de ella y a sentirla como un vínculo personal propio. Su cine es una extensión de ese deseo.

John Smith se enfrenta a la preciosa aventura de conocer a una persona nueva en su vida. Pocahontas conoce con él todo un nuevo lenguaje, una nueva forma de expresión, mil descubrimientos diferentes en una sola persona, como cuando amamos de verdad. En ese momento pensé en Elisa, y en su carta…

El nuevo mundo es, pues, el amor, que aparece en el rincón más insospechado del mundo. Y en esos pequeños encuentros, en las reflexiones de ambos que se van sucediendo en las narraciones en off, es donde se encuentra todo el encanto de la película.

Nadie se movía de su colchoneta, todos permanecían en silencio.

Qué harán, me preguntaba, cuando contemplen la muerte de la inocencia, cuando Pocahontas descubre la mentira, el engaño y el odio, sentimientos que ni siquiera tenían palabra propia en su lengua natal.

Volví a emocionarme con ella, volví a enamorarme de muchos de sus diálogos, los sentí profundamente. También volví a caer en la trampa de esperar un argumento, una resolución, pero pronto volvía al cauce de su gran río, de sus afluentes llenos de sabiduría, de afecto por la naturaleza y el silencio, llenos de amor.

Fue entonces cuando me di la vuelta para comprobar el estado del proyector, y ajustarlo de nuevo. Al mirar a la gente que estaba al fondo de la sala, encontré a Elisa, tumbada en una de las colchonetas, junto a aquel chico que siempre la acompañaba. Ella se dio cuenta de que me había girado, y entonces, me felicitó por aquella maravillosa noche de cine con la más bonita de las sonrisas del mundo.

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