Bien, devolvamos a Leopoldo a su realidad. Convengamos en que lo ocurrido ha sido producto de su imaginación desbocada. Dejémoslo en su cama, justo en el momento en que aparece Yanes para rescatarlo de su delirio.
Al despertar es incapaz de reconocer su habitación; aquellos dibujos en las paredes, los libros apilados, el fuerte olor a gasolina…
Pero los ojos de Yanes, su mirada clara, le transmiten serenidad. Y poco a poco sus ideas se van ordenando; la residencia, la ilusión de crear, de aprender, de compartir. Sus compañeros allí observándolo.
Y de pronto el sonido de las sirenas, todo aquel escándalo. Yanes gritando que no estaba loco. Entonces presintió el miedo.
Yanes le hizo un guiño: “no te muevas de aquí” -le susurró al oído-, al tiempo que todos abandonaban la habitación alarmados.
Ahora, viéndose solo, se preguntaba qué le había pasado, qué demonios había hecho para echarlo todo a perder. Lo último que recordaba era haber leído el relato de Chejov “La sala número seis” y lo impactado que quedó al terminarlo. Aquel psiquiatra que se ve atraído por las conversaciones con su paciente y que al final es encerrado por sus propios colegas que lo dan por loco. Recordó que al cerrar el libro sintió que algo suyo quedaba atrapado también en aquel manicomio y el escalofrío que le recorrió el cuerpo al pensar en el enorme poder de la razón.
Ya sólo quedaba esperar, esperar al juicio…
Jefferson Pastorius dice:
Está guapísimo, Míster Leopoldo!
May 16, 2009, 6:33 pm